lunes, 11 de febrero de 2013

RAÚL GUSTAVO AGUIRRE



ALGUNA MEMORIA

Bella que me anuncias una extraordinaria complicación. Tantos crímenes olvidados reaparecen por ti.
Llega el tiempo de la proeza infatigable frente a tus ojos sin sueño que ningún diamante puede cerrar.


Ella se expone a las angustias del siglo, usinas de la realidad. Más explícita se quiere, menos se la conoce. El sueño de los asesinos y de los poetas es que llegue a tener un rostro.


Para llegar aquí, ella debe atravesar una región de fotógrafos exacerbados por su asombrosa presencia. A pesar de su aplicación, estos espectadores sólo se quedarán con las pruebas delebles de su distancia de la verdad. Es que para retenerla hubiera sido preciso transformarse en ella, ser ella, y no su descripción más o menos feliz. Yo me lo repito siempre después de mis tentativas inútiles.


Ella mantiene la frescura, la diligencia feliz de la vida, por cuya justificación nos dejamos tentar, hierros de tristeza y de habilidad vergonzosa. Invita a los hombres, a quienes sabe posibles no por el memorial de sus servicios sino por la suma de su condición, a un juego de alta conciencia y de contumancia en el extremo de los enigmas. Ha conseguido así formar una tribu dispersa por el mundo, cuyos miembros se ignoran mutuamente y sin embargo reparan en común los hilos rotos de una gran red de belleza.


La jurisprudencia acumulada por las heridas, la imagen del mundo construida con la memoria de una continua decepción, la torpeza de la saciedad en el epílogo, todas las apariencias de la consumación se borran y se anulan en el esplendor de ese deseo que arrastra consigo, el asombro, el origen y la felicidad del universo y que ella, continuamente, se complace en inspirar.


Ella tampoco está exenta de las cargas fiscales, de las confusiones de la red telefónica, de las representaciones ilícitas. Pero se aviene, sin espanto, a ocupar con nosotros un lugar desfavorable en el mundo. A decir verdad, sólo emplea su tiempo en maravillarse. El siglo ha mejorado con su presencia.


En ella, la oscuridad se transforma en largo regocijo del ladrón solitario. Las señales que no comprende no estaban dirigidas a nosotros.


Viene de ausencias maravillosas, de seres que la amaron a través de otros seres cuyo destino era cambiarse en ella con tanta lentitud que la eternidad les maldice. (La eternidad maldice su lentitud, no su destino.)


Ella no comprende el Oráculo, no se lleva bien con aquéllos en quienes el Espíritu ha entrado para vociferar. ¡El lenguaje del dios resuena miserablemente puro en esas cabezas! No comprende una sola palabra que no haya atravesado el sufrimiento lúcido de un hombre, que no conserve señales de la lucha... Ella ignora también qué hacen los que se torturan a sí mismos para que los otros los vean, cuando había que ir más lejos, con los otros, más lejos todavía en el dolor... Esos inútiles inventores de martirio, de palidez, de revelación, a su vez, la odian misteriosamente.


Ella no sabría entretener con apariciones espectaculares nuestros ojos ávidos de exageración. Prefiere permanecer en los resquicios de una realidad que se proclama habitable y obligatoria. Como a las larvas de luciérnaga, la tiniebla la abruma, pero le es imprescindible.


Hasta que el Labrador la descubra, por último, en su terreno magnífico, seguirá siendo la víctima paciente de nuestras herramientas equivocadas.


A su lado, contemplar el abismo resulta una excelente diversión. En su ausencia, comienzo de la angustia para el observador sensible.


Ella siega el verano, y luego todo es azul alrededor de sus ojos invisibles.


Como la cigarra, sólo puede vivir en medio del incendio que suscita.


¡Ah, pequeño milagro, vida enorme! ¡Enorme vida en una nada enorme!


Así como el placer es su reino, ella no puede detenerse en esas gradas fáciles donde el olvido nos ofrece sus pactos sospechosos. Si sufre, es para morir.


Por ella entramos en el mundo, pero también por ella nos es cada vez más fácil excluirnos de él. El enigma del bello vivir.


No obstante la distancia y el diluvio, y las dificultades insalvables, y el honor y la maldición, ella se permite la aventura de vivir con nosotros. Sabe que el abismo terminará por recuperar, algún día, su confianza en el hombre.


Tantas memorias excelentes la abruman con el sonido negro de un mal que ya no existe.


La indiferencia de los pantanos es la forma que adopta, para ella, la soledad. Esos lugares impuros, bajo un sol retraído, a los que tiene una misteriosa necesidad de volver, la rechazan siempre con la misma cortesía... Presenciar ese leve combate de la curiosidad contra un infierno que se rehusa, es un espectáculo alucinante. Ella me dispensa a veces esos momentos de terror.


El mundo-monstruo se transforma de pronto en el mundo-doncella, la escritura desesperada en escritura maravillada. Estos cambios la hechizan.


Hierba siempre feliz al pie de los volcanes o en las llanuras sabias donde jura contra su vida el azote de Dios, ella descansa en la parte germinal de la conciencia.


A través de ella se vuelven visibles las heridas del viento. El viento libre que sangra y que la adora.


En las gradas de su palacio impenetrable, un juglar se detiene, un asesino discurre.


Una mirada furtiva podía sorprenderla en una indescriptible actitud de evidencia. Para los seres sensibles al nuevo acontecimiento, la era del escándalo comenzaba, la era de la angustia tocaba a su fin.


Ella desconfía de esos lugares donde el hombre aparece precedido por aclaraciones y citas que le vuelven improbable, esos recintos de la seguridad pública frecuentados por la presión arterial.


En la cueva del alquimista, ella calla, como investida de una miseria admirable que fuera al mismo tiempo su rostro y su secreto.


Mantiene exquisitas relaciones con la lujuria exhumada ante ella. La lluvia de cenizas le produce placer.


A través de ella los relámpagos duran. Hay tiempo para las amistades más sorprendentes.


Sus ojos son respetados por la nada, favorecidos por la prisión. Pero ella aparenta ignorar el sufrimiento que la sostiene.


Su enemistad con los amos proviene de que habla de aquello que realmente le ocurre y no de aquello que, de acuerdo con lo dispuesto, le debiera ocurrir.


En el patio de su silencio, único y feliz se yergue el bello árbol de los destituidos.


Los errores en las tablas del bien y del mal se cargan en su cuenta.


Ella dibuja un rostro sobre un rostro sin fin.


Vive para inventar la razón de su ausencia.


En las épocas de opresión, ella trabaja en la rebelión. En las épocas de la gloria del hombre, en el servicio de la Libertad Subterránea.


Y lo que la vida quiere del poema, ella lo hace.

domingo, 10 de febrero de 2013

RENÉ DAUMAL



POESÍA NEGRA Y POESÍA BLANCA

La poesía, como la magia, es negra o blanca, según sirva a lo subhumano o a lo sobrehumano.
La mismas disposiciones innatas ordenan la maquinaria del poeta blanco y del poeta negro. Algunos las consideran como un don misterioso o señal de las potencias superiores; otros, como una imperfección o maldición. No importa. ¡O, más bien, sí! Importaría mucho, pero aún no hemos llegado a ser capaces de comprender nuestras estructuras esenciales. Quien las comprendiese, se libraría de ellas. El poeta blanco busca comprender su naturaleza de poeta, de liberarse y poder servirse de ella. El poeta negro, al utilizarla, se esclaviza a ella.

¿Pero qué representa ese «don» que es común a todos los poetas? Es un vínculo particular entre las diversas vidas que componen nuestra vida, de manera tal que cada manifestación, de cada una de ellas, no es un signo exclusivo, sino que puede devenir, por una resonancia interior, en el signo de la emoción que representa, en un momento dado, el color o el sonido o el gusto de sí mismo. Esta emoción central, profundamente oculta en nosotros, no vibra ni brilla sino en raros instantes. Estos instantes serán, para el poeta, sus momentos poéticos, y todos sus pensamientos, sensaciones, gestos y palabras, en tal momento, serán signos de la emoción central. Y cuando la unidad de su significado llegue a materializarse por medio de una imagen afirmada en palabras, especialmente entonces diremos que es poeta. He aquí lo que denominamos como «don poético», a falta de un saber mayor.

El poeta posee una noción más o menos confusa acerca de su don. El poeta negro lo explota para su satisfacción personal. Cree que tiene el mérito de ese don, piensa que es él quien realiza voluntariamente los poemas. O bien, abandonándose a un mecanismo de significaciones resonantes, se jacta de estar poseído por un espíritu superior, que lo habría escogido como su intérprete. En ambos casos, el don poético se encuentra al servicio del orgullo y de la falsa imaginación. Combinador o inspirado, el poeta negro se miente a sí mismo y cree ser alguien. Orgullo, mentira, todavía un tercer término lo caracteriza: pereza. No porque no se agite ni se esfuerce, o lo parezca desde afuera. Pero toda esta agitación se realiza ella sola, él se guarda de intervenir, con su en sí mismo pobre y desnudo que no quiere ser visto ni verse pobre y desnudo, que cada uno de nosotros se esfuerza por ocultar bajo sus máscaras. Es el «don» que opera en él, que disfruta como un mirón y sin mostrarse, arropándose con él como el cangrejo ermitaño de vientre blando se abriga y proteje bajo su concha de múrice, hecha para producir púrpura real y no para revestir abortos vergonzosos. Pereza de verse, de dejarse ver, miedo a no tener otra riqueza que las responsabilidades que se asumen, es de esta pereza que yo hablo –¡oh, madre de todos mis vicios!

La poesía negra es tan grande en sus prestigios como el sueño o el opio. El poeta negro experimenta todos los placeres, se adorna con todos los ornamentos, ejerce todos los poderes –en su imaginación. El poeta blanco prefiere la realidad antes que las ricas mentiras, incluso aunque sea pobre. Su obra es una lucha incesante contra el orgullo, la imaginación y la pereza. Aceptando su don, aún cuando sufra por él y sufra de sufrir por él, trata de hacerlo servir a fines superiores a sus deseos egoístas, a la causa todavía desconocida de este don.

No diré: tal es un poeta blanco, tal otro un poeta negro. Sería rebajar las ideas a opiniones, discusiones y error. Incluso no diré: tal posee el don poético, tal otro no lo posee. ¿Lo poseo yo? A veces lo dudo, a veces creo estar seguro de ello. Jamás tengo la certeza definitiva. Cada vez el problema vuelve a plantearse. Cada vez que el alba renace, el misterio está allí, enteramente. Pero si he sido poeta, ciertamente he sido un poeta negro, y si mañana debo ser un poeta, deseo ser un poeta blanco. De hecho, toda poesía humana es el producto de la mezcla entre lo blanco y lo negro: pero una tiende hacia lo blanco, mientras la otra hacia lo negro.

Aquella que tiende hacia lo blanco, no requiere para ello de esfuerzo alguno. Sigue la pendiente natural y subhumana. No requiere de esfuerzo para jactarse, soñar, mentirse y holgazanear; ni para calcular y combinar, cuando cálculos y combinaciones están al servicio de la vanidad, la imaginación, la inercia. Pero la poesía blanca marcha contra la corriente, remonta la corriente como la trucha, para ir a engendrar en la fuente viva. Ella enfrenta, con su fuerza y su astucia, las extravagancias de los rápidos y los remolinos, no se deja distraer por el centelleo de las burbujas que pasan, ni arrastrar por la corriente hacia los suaves valles cenagosos.

¿Cómo encara esta lucha, el poeta que quiere llegar a ser un poeta blanco? Diré cómo yo trato de encararla en mis raros mejores momentos, a fin de que un día, si llego a ser poeta, de mi poesía, por gris que ella sea, emane al menos un deseo de blancura.
Distinguiré tres fases en la operación poética: la del germen luminoso, la de la vestidura de imágenes y la de la expresión verbal.

Todo poema nace de un germen, obscuro al comienzo, que es necesario volver luminoso para que produzca frutos de luz. En el poeta negro, el germen permanece obscuro y produce ciegas vegetaciones subterráneas. Para ayudarle a brillar es necesario hacer silencio, porque este germen es la Cosa-a-decir-en-sí-misma, la emoción central que a través de mi máquina busca expresarse. En sí misma la máquina es obscura, pero gusta proclamarse luminosa, y hasta llega a hacerlo creer. Puesta de inmediato en movimiento por el impulso del germen, pretende actuar por su propia cuenta, para exhibirse, y por el placer vicioso de cada una de sus palancas y sus engranajes. ¡Siencio, entonces, máquina! ¡Funciona y cállate! ¡Silencio a los juegos de palabras, a los recuerdos fortuitamente conjugados, silencio a la ambición, al deseo de brillar –porque sólo la luz brilla por sí misma–, silencio a la adulación de sí, a la piedad de sí, silencio al gallo que cree hacer despuntar el sol! Y el silencio aparta las tinieblas, comienza a dar luz, iluminando lo no iluminado. He aquí lo que habría que hacer. Es muy difícil, pero cada pequeño esfuerzo recibe en recompensa un pequeño destello de luz. La Cosa-por-decir se aparece entonces, en lo más íntimo de sí misma, como una certeza eterna –conocida, reconocida y a un mismo tiempo esperada–, un punto luminoso que contiene la inmensidad del deseo de ser.

La segunda fase, es la vestidura del germen luminoso –que revela pero no es revelado, invisible como la luz y silencioso como el sonido–, su investidura por las imágenes que lo manifestarán. Se hace allí necesario, pasando revista a las imágenes, rechazar y encadenar en su sitio aquellas que no quieran servir sino a la facilidad, la falsedad y el orgullo. ¡Y hay algunas tan bellas, que uno quisiera mostrar! Pero, una vez hecho el orden, es necesario dejar que sea el mismo germen quien escoja la planta o el animal de los que va a revestirse para otorgarles la vida.

Y sigue, en tercer lugar, la expresión verbal, donde cuentan no sólo el trabajo interior, sino también la ciencia y el savoir-faire exteriores. El germen posee su propia respiración. Su aliento se apodera de los mecanismos de expresión comunicándoles su cadencia. Hace falta, en principio, que esos mecanismos se encuentren bien aceitados y suficientemente descansados, para que no se pongan a bailar su danza ellos solos, a escandir metros incongruentes. Y, al mismo tiempo que recoje en su aliento los sonidos del lenguaje, la Cosa-por-decir los obliga también a contener sus imágenes. ¿Cómo realiza esta doble operación? He allí el misterio. No a partir de una combinación intelectual: le llevaría demasiado tiempo; tampoco instintivamente: el instinto no inventa. Este poder se ejerce por la relación particular que existe entre los elementos de la maquinaria del poeta, y que une, en una sola sustancia viviente, materias tan disímiles como la emoción, las imágenes, los conceptos y los sonidos. La vida de este nuevo organismo, constituye el ritmo del poeta.

El poeta negro hace prácticamente lo contrario, aunque en él se efectúe la exacta semblanza de estas operaciones. Su poesía le descubre numerosos mundos, ciertamente, pero se trata de mundos sin Sol, alumbrados por cien lunas fantásticas, poblados de fantasmas, adornados con espejismos y, a veces, empedrados de buenas intenciones. La poesía blanca abre la puerta de un único mundo, de un único Sol, sin atractivos, real.

He dicho lo que debería hacerse para llegar a ser un poeta blanco. ¡Falta todavía que yo llegue a serlo! Incluso en la prosa, la palabra y la escritura habituales –como en todos los aspectos de mi vida cotidiana– lo que produzco es gris, cháchara, mancha, mezcla de luz y de obscuridad. Entonces, después, vuelvo a emprender la lucha. Me vuelvo a leer. Entre mis frases encuentro palabras, expresiones, parásitos que no le sirven a la Cosa-por-decir; una imagen que ha querido ser extraña, un retruécano que se ha creído atrevido, pedanterías de un cierto patán que hubiera debido quedarse sentado en su escritorio en vez de venir a ejecutar su chirimía en mi cuarteto de cuerdas, y, cosa remarcable, al mismo tiempo falta de gusto, estilo e incluso de sintaxis. La misma lengua parece estar dispuesta a denunciarme a los intrusos. Pocas faltas son puramente técnicas. Casi todas son mis faltas. Y tacho, corrijo, con la alegría que puede experimentarse al cortase del cuerpo un trozo engangrenado.




LECIONES DE ABISMO - CARLOS YUSTI



LECCIONES DE ABISMO

En el libro de Verne, "Viaje al centro de la tierra", el científico de la expedición le recomienda a su sobrino: "Observa y observa muy bien. ¡Hay que tomar lecciones de abismo!". La frase para mí nunca ha encerrado una expresión literal, sino más bien lírica y un tanto trágica. En tal sentido la frase me ha permitido considerar que la lectura de poetas como Ramos Sucre, Vallejo, Fernando Pessoa, Baudelaire, Rimbaud y Lautremont es una manera segura de tomar lecciones de abismo. La poesía es una manera de bordear los acantilados del alma, de contemplar ese vacío donde el viento es una luz que lo calcina todo, donde la soledad es un sol negro que lentamente carcome en las entrañas.

Algunos amigos poetas en Valencia me consideran sordo para la sutil música de la poesía. Ponen en solfa mi dureza a la hora de emitir juicios en torno al poema y su ejecutante. Trato de explicarles que mi sordera es producto de un trauma de juventud. Por supuesto que miento, pero para el caso es una buena estrategia y así campear el temporal.

En mi adolescencia granujienta y volátil como muchos jóvenes que se inician en la escritura lo hice como poeta. Bajo la influencia de los poetas malditos y el surrealismo escribí un centenar de poemas salvajes, llenos de quincallería erótica y mucha lúgubre visión del mundo. Como era un aprendiz azaroso, inculto y que metía pie con eso de la ortografía, en un dechado de audacia, bastante inusual en mí, consentí darle el legajo de papeles a mi profesora de castellano Josefina Castillo. Mujer no muy bella, pero gran lectora, con un cuerpo de serenas formas y una voz aterciopelada que de alguna manera me cautivaba. La profesora corrigió, con bien intencionada saña, mi alma, que es lo que a fin de cuenta era ese puñado de papeles escritos con el corazón iluminado de insomnes lecturas. Tachó con diligencia mis gazapos, colocó acentos e hizo anotaciones al margen sobre la gramática. En la conversación me dijo que los poemas no eran del todo malos, pero que eran algo incómodos. Me recomendó mucha lectura y que tratara de abrir las ventanas del amor para que entrara algo de su luz en mi escritura. Pero yo quería ser un maldito y no un ñoño que aglutina lugares comunes en columna. Algo dolido tomé mis poemas, y con otros camaradas de bohemia literaria, me dispuse al sacrificio. En una plaza amontoné la faja de papeles y le prendí fuego. Cuando los papeles volaron en la brisa nocturna como pájaros negros me sentí liberado, como si saliese a la superficie. Desde entonces mi visión de la poesía y de los poetas cambió de manera radical.

El poeta W. H Auden escribió: "La poesía no es magia. La trascendencia de la poesía, como la de cualquier otro arte, se encuentra en su capacidad para decir la verdad, para desencantar y desintoxicar". Desde este punto de vista la poesía es más un reto que una calistenia hormonal de juventud. La falta de fe puede llevarte muchas veces a Dios, pero la falta de poesía te conduce a la desolación más insondable, a la aridez espiritual más acabada. Uno no deja de escribir poesía. El mundo es un poema escrito que también nos escribe. Este árbol, aquel atardecer que se pierde en nuestra memoria, esa flor que se abre hacia dentro de nuestra mirada.

Hay un poema de la etnia indígena Piaroa que puede proporcionar alguna clave:
"El agua del río corre hacia el raudal /¿Corre?/Las nubes huyen /sobre el gran cerro,/como tapires cansados/ frente al hombre con arco./¿Sí?/Las hojas caminan/ con el viento, /y se mueve toda la selva./También tu canoa/ se mece sobre el río./ Solamente tú estás inmóvil/ bajo la gran Piedra Negra. /¡Y yo creía que por ti / vivían todas las cosas!"

El poeta trata de anotar el nexo del hombre con todo aquello que lo rodea, intenta, a través de la poesía, mostrar, desde la belleza del lenguaje, el trágico esplendor de aquello que vibra en la cuerda tensa, y frágil, de la vida. Octavio Paz postulaba: "La poesía no pretende revelar, como las religiones y las filosofías, lo que es y lo que no es sino mostrarnos, en los intersticios y resquebraduras, aquello que escapa a las generalidades, las clasificaciones y las abstracciones: lo único, lo singular, lo personal. Los reinos en perpetua rotación de las sensaciones y las pasiones, el mundo y trasmundo de los sentidos y sus combinaciones".

Para escribir poesía se necesita una buena dosis de abismo. El poeta ha ejercitado mucho sus lecciones de abismo para encontrar el camino de esa palabra exacta, de esa palabra en situación especial y liberada de su rol meramente informativo pues trata de revelar esa música interna donde el poema es un acto lingüístico que tiende un puente hasta nuestro espíritu y nuestra conciencia.

George Steiner escribió: "Donde reinan las mentiras o la censura, la poesía puede convertirse en fuente de noticias". De allí que eso de escribir poesía no sea un mero juego del intelecto y mucho menos un pasatiempo para eludir el bostezo. Por ese motivo para escribir poesía se necesitan muchas lecciones de abismo. Las lecciones nunca serán fáciles para el poeta que lo es de verdad y no un simple remedo, un mendaz muñeco de ventrílocuo que repite metáforas sabidas hace rato. Poetas entre comillas hay en cantidad y a veces sus poemas no son más que cantos disonantes de sus desmesurados egos. La divisa de Michel Houellebecq me ha curado de escribir deslucidos poemas: "La inteligencia no ayuda en absoluto a escribir buenos poemas; sin embargo, puede impedir que uno escriba poemas malos".

Imagen: Ángelo Musco

(Texto: Gentileza Aldo Luis Novelli)

jueves, 7 de febrero de 2013

AMBROSE BIERCE



EL DICCIONARIO DEL DIABLO (fragmento)

A

Abad: Padre que hizo votos de no ser marido.
Aberración: cualquier desviación mental de otra persona (en relación con nuestros propios hábitos mentales) que no nos parezca suficientemente grave para llamarla locura.
Abogado: persona legalmente designada para que desarregle los asuntos de quien no tuvo la habilidad de desarreglarlos por sí mismo.
Abuso: talento innegable.
Álbum: instrumento de tortura en el que las señoras amigas nos crucifican entre dos ladrones.
Alivio: despertarse temprano, en una mañana fría, y descubrir que ese día es domingo.
Amigo: investigador bajo cuyo microscopio vivimos, nos movemos y existimos.
Antipatía: sentimiento inspirado por el amigo de una amiga.
Año: un período de trescientas sesenta y cinco decepciones.
Apático: casado hace seis semanas.
Arrestado: criminal atrapado sin dinero suficiente para satisfacer al policía.
Ausente: expuesto a los ataques de amigos y conocidos; difamado, calumniado.

B

Bandido: persona que toma de A, por la fuerza, lo que A tomó de B, mediante engaños.
Belleza: poder mediante el cual una mujer fascina al amante y aterroriza al esposo.
Boda: ceremonia en la que dos personas prometen volverse una, una propone volverse nada, y nada promete
             volverse tolerable.
Boticario: cómplice del médico
Bruja: vieja fea y repulsiva que se acuesta con tu marido.

C

Cagatintas: escritor profesional cuyos puntos de vista se oponen a los nuestros.
Candidato: persona que, siguiendo el consejo de sus amigos, acepta con repugnancia sacrificar sus intereses particulares en nombre del bien público.
Canonizar: hacer un santo de un pecador muerto.
Cleptómano: ladrón rico.
Cliente: persona que, entre los dos métodos posibles para ser robado, optó por el convencional.
Cobarde: el que en una emergencia peligrosa piensa con las piernas.
Confesionario: lugar donde se sienta el sacerdote para perdonar grandes pecados, a cambio del placer que le produce oír hablar de los pequeños.
Confidente: persona a quien A le confía los secretos de B, que el mismo confidente había confiado a C.
consultar: buscar la aprobación ajena para una decisión que ya fue adoptada.

D

Diplomacia: arte patriótico de mentir por el país.
Dote: el gusano en el anzuelo matrimonial para pescar hombres.

E

Economía: comprar el barril de Whisky que no se necesita por el precio de la vaca que no se puede pagar.
Egoísta: persona de pésimo gusto, más interesada en sí misma que en mí.
Elocuencia: el arte de persuadir a los tontos de que el blanco es el color que parece ser.
Enemigo: persona que niega nuestros méritos o exhibe la superioridad de los suyos.
Engreimiento: la autoestima de una persona que nos disgusta.
Erudición: polvo sacudido de un libro sobre una cabeza hueca.
Éxito: el único pecado que nuestros contemporáneos no perdonan.

F

Falta: cualquiera de mis ofensas, al contrario de las de usted. Las de usted son crímenes.
Favorecer: crear un ingrato.
Felicidad: agradable sensación que produce contemplar la miseria ajena.
Foráneo: que pertenece a un país inferior.

G

Genuino: real, auténtico, como una genuina falsificación, una genuina hipocresía, etc.
Gota: nombre que dan los médicos al reuma del paciente rico.
Grosero: recordarle a una dama los buenos tiempos que pasamos juntos hace cuarenta años.

H

Hipocondría: depresión del propio espíritu:
Honesto: afligido por un impedimento en la conducta.

I

Iglesia: lugar donde el cura adora a Dios y las mujeres adoran al cura.
Ignis Fatuus: amor.Igual: tan malo como cualquier otra cosa.
Impostor: rival que también aspira a los honores públicos.
Impunidad: riqueza.
Incompatibilidad: en el matrimonio, la existencia de gustos parecidos, especialmente el gusto por la dominación.
Inmigrante: ser ignorante que supone que un país es mejor que otro.

J

Juez: persona que está siempre entrometiéndose en disputas en las que no tiene interés personal.
Juventud: período de lo posible.

L

Legal: compatible con la voluntad del juez.
Libertad: una de las posesiones más preciadas de la Imaginación.
Longevidad: inusual extensión del miedo a la muerte.

M

Maña: sustituto del cerebro en los tontos.
Maravilloso: incomprensible.
Marido: el que después de comer se encarga de los platos.
Matrimonio: estado o situación de una comunidad integrada por un amo, una ama, y dos esclavos,
                           que suman en total dos personas.
Mediar: meter baza.

N

Nariz: protuberancia del rostro humano, que comienza entre los ojos y termina en los asuntos ajenos.
Novia: mujer que tiene una hermosa y falsa perspectiva de tener un futuro feliz.

O

Occidente: parte del mundo que está al oeste o al este del oriente.
Olvido: don que concede Dios a los deudores, en compensación por la pérdida de sus conciencias.

P

Papi: padre a quien sus hijos vulgares no respetan.
Partidario: adherente insensato.
Paz: período de estafa entre dos períodos de guerra.
Pericardio: bolsa membranosa que cubre una multitud de pecados.
Plebiscito: voto popular para aprobar lo que quiere un soberano.
Poligamia: demasiado de algo bueno.

R

Razonar: pesar probabilidades en la balanza del deseo.
Reconsiderar: buscar justificativos para una decisión tomada.
Referendum: sistema por el que se propone al voto popular un proyecto de ley, con el fin de averiguar
                            qué significa la oposición pública.
Religión: hija de la esperanza y el miedo, que le explica a la ignorancia el misterio de lo incognoscible.
Ruin: la motivación de un competidor.

S

Sabiduría: clase de ignorancia que distingue al estudioso.
Saciedad: lo que uno siente después de vaciar el plato, señora...
Santo: pecador muerto, corregido y editado.
Senador: el mejor postor en el remate de votos.
Severa: crítica de un anciano envidioso de las locuras de la juventud.

T

Tedioso: el humor inglés.
Timar: decirle al pueblo soberano que si uno es elegido no robará.

U

Uno mismo: la persona más importante del universo.

V

Valor: el de reconocer que usted es un cobarde.
Vencer: fabricar un enemigo.
Verdad: ingenioso compuesto que combina lo deseable con lo aparente.

lunes, 4 de febrero de 2013

POETAS ABÁSIDAS



ABDULLA IBN AL-MU’ TAZZ 

(Samara, 761)

La luna es una guadaña de plata
Cegando sobre un campo
De lirios incendiados.





ABBAS IBN AL-AHNAF

(Basora, 750)

En realidad tú nunca has sufrido, ni conocido
    la angustia del insomnio.
Soy yo quien nunca puede dormir,
    y mientras vivo, no puedo detener
las lágrimas que brotan de mis ojos.

Me desprecias cuando te hablo,
    sin embargo los amantes que citan mi verso triunfan.
Me he convertido en la mecha de una vela destinada
    a iluminar una habitación para otros hombres
mientras me consumo en el aire enrarecido.





IBRAHIM BEN UTMAN

(Córdoba, 796)

No me tachéis de inconsecuente porque mi corazón
haya sido apresado por una voz que canta:

Hay que estar serio unas veces y otras dejarse emocionar:
como la madera, de la que sale lo mismo
el arco del guerrero que el laúd del cantor.





AL QALFAT

(Damasco, 915)

El hombre inteligente
¿qué puede esperar, en una época
en que los pies ocupan el lugar de la cabeza?





ABU AL-ALA AL-MA’ARRI

(Siria, 973)

Tú decías que tenemos un sabio creador
y yo repliqué tienes razón, pero mira,
tú afirmas que Él no conoce lugar ni tiempo.
Tales términos, por todo lo que sabemos, podrían ser
un idioma secreto: lo que equivale
a decir que no podemos pensar recto.





IBN SUHAYD

(Alepo, 992)

Cuando, llena de su embriaguez, se durmió,
y se durmieron los ojos de la ronda,
me acerqué a ella tímidamente,
como el amigo que busca el contacto furtivo con disimulo.
Me arrastré hacia ella insensiblemente como el sueño;
me elevé hacia ella dulcemente como el aliento.
Besé el blanco brillante de su cuello;
apuré el rojo vivo de su boca.
Y pasé con ella deliciosamente,
hasta que sonrieron las tinieblas,
mostrando los blancos dientes de la aurora.





ULAYYA BINT AL-MAHDI

(Bagdad, 856)

Ni mi corazón ni mi cuerpo pueden vaciarse de ti
Toda yo estoy ocupada con todo tú y dedicada a ti:
una luz que nace de un sol y de una luna.
Hasta tal punto el cuerpo y el alma se completan mutuamente.





ABU ABDOLLAH DJAFAR RUDAKÍ SAMARCANDÍ

(Rudak , 940)

Vive felizmente con las de ojos negros
que el mundo no es nada más que viento y fábula.
Alégrate de lo que has conseguido
y no recuerdes el pasado.
Para mí aquel rizado y perfumado cabello,
para mí aquella cara de luna que es de raza de ángeles.
Afortunado es el que utiliza y obsequia,
desafortunado el que no utiliza y ni ofrenda.
Este mundo de anhelo es como el viento y la nube,
acerca el vino, ¡pase lo que pase!





ABU MUHAMMAD ALI IBN HAZM

(Marruecos, 993)

Me quedé con ella a solas, sin más tercero que el vino,
mientras el ala de la tiniebla nocturna se abría suavemente.
Era una muchacha sin cuya vecindad perdería la vida.
¡Ay de ti! ¿Es pecado este anhelo de vivir?
Yo, ella, la copa, el vino blanco y la oscuridad
parecíamos tierra, lluvia, perla, oro y azabache.





IBN ZAYDUN

(Córdoba, 1003)

Me censuráis que él me suceda
en los afectos de aquella a la que amo;
mas no hay en eso infamia:
era un manjar apetitoso
y la mejor parte me tocó a mí,
el resto se lo dejé a esa rata.





ABBAD IBN MUHAMMAD AL MUTADID 

(Sevilla, 997)

¡Cuántas noches pasé allí
al lado de una muchacha
de esbelto y airoso talle
y de firmes caderas anchas!
¡Y cuántas noches también
pasé a la orilla del agua
con la linda cantaora
en la vega solitaria!





AL-MU`TAMID

 (Agmat, 998)

Te he visto en sueños en mi lecho
y era como si tu brazo mullido fuese mi almohada,
era como si me abrazases y sintieses
el amor y el desvelo que yo siento,
es como si te besase los labios, la nuca,
las mejillas, y lograse mi deseo.
¡Por tu amor!, si no me visitase tu imagen
en sueños, a intervalos, no dormiría más.




OMAR AL-TAŶATAT AL-WADI ABBAD

(Granada, 1048)

Esa mujer ha muerto para ti entre jardines y fuentes.
Su tristeza es mayor que la belleza del mundo.
Ahora la verás caminar ajena entre fiestas y banquetes
Su corazón es la jarra de arcilla rota por el suelo.




IBN KHAFAJA D’ALZIRA         

 (Alzira, 1058)

Con mirada de gacela
y el cuello – qué cuello – como el de un ciervo blanco;
sus labios rojos como el vino rojo;
y los dientes – ah, los dientes! – vaya una espuma.

Como las estrellas, relucientes, entrelazan la luna,
languidecía de embriaguez dentro de la túnica dorada.

La mano del amor me visitó durante la noche,
un vestido de abrazos que la aurora desgarraba.




ALI AL QASIM AL QABRÍ

(Egabro, 982)

Si no tienes, muchacho, el austero falerno que buscamos
sírvenos del oscuro néctar que cargamos en estas garrafas.
Acércanos dos vasos y vierte su líquido:
el beso será de una mujer esbelta y fragante en nuestros labios.

No alcance el licor el fondo de estas ánforas,
que el vino las desborde y vacuos en ellas quedemos,
ahítos, desiertos de nosotros mismos,
agazapados
tal el segundo anterior a que un escorpión inyecta
el veneno en su víctima.
Y sin embargo,
que suene el rebab y desgrane su luz la darabukka,
dancen las púberes de nacientes pechos,
rieguen el aire en su aletear agua de azares y rosas.
Apuremos el vino, bebamos,
acabemos con esta farsa.




YALAL AD-DIN MUHAMMAD RUMI

(Afganistán, 1022)

Dios lo sabe de cierto, yo lo ignoro.
En mi corazón hay algo que sonríe.
Una rama de rosal que se mece en
la brisa, es mi corazón.




SHAKÎR WA’EL

(Shiraz,  1132)

La soledad
es oír cómo se apagan las estrellas
sobre el firmamento en desorden de tu pelo.

Y la tristeza
un ventarrón vacío
que al amanecer se vuelve caricia.




MUAHMMUD IBN AL-MAHAD

(Bagdad, 1252)

Dentro del mundo perceptible
hay otro cosmos que se mueve
como la garra del tigre
entre las hojas que agonizan.
De igual modo la imagen
de la amada tiembla
debajo de tu piel.




SHABESTARI

(Kermanshá 1288)

Apura aquel vino cuya copa es
el rostro de la Amada,
y su vaso,
los ojos ebrios del bebedor.





MOHAMMAD SHIRIN MAQREBI

(Tabriz, 1367)

Cuando el sol de tu cara se manifestó,
aparecieron los átomos de los dos mundos.
Cuando ese sol de tu cara proyectó sombra,
de aquella penumbra apareció cuanto existe en el universo.
Cada átomo inundado por el sol de tu rostro,
amaneció brillando como un nuevo sol.


viernes, 1 de febrero de 2013

GIANNI SICCARDI


LA FLECHA Y EL BLANCO.

La lógica de la poesía es inflexible. Tiene una sola cara porque es individual. Sería trágico que un texto de prosa guardara un significado distinto para cada lector: un mundo así estaría lleno de peligros. Pero sería más trágico aún que un poema significara lo mismo para todos. Un mundo así sería verdaderamente inhabitable, asfixiante: el triunfo definitivo de la sociedad de masas. La prosa se adapta a cada lector para significar lo mismo para todos. La poesía es exigente. El lector de poesía es alguien que accede al reclamo de adaptarse a la lógica del poema. Y el esfuerzo -el implicarse en el poema- tiene su compensación, allí el poema le descubre un sentido personal, único, para cada lector y -más aún- un sentido para cada lectura.
La prosa supone un arquero y un blanco. El escritor estira su arco, apunta cuidadosamente y lanza su flecha. El buen prosista da en el centro del blanco. Tanto el escritor como el lector ven el blanco, ven la flecha, su trayectoria y su destino. La poesía supone un arquero pero no supone un blanco. El poeta estira el arco y apunta hacia el espacio y el tiempo. No hay un blanco visible: la flecha se dirige hacia el infinito, hacia la eternidad. Su destino es el absoluto. Por eso para la gente de buen sentido el poeta parece ser un tonto que derrocha su vida lanzando flechas que van a no se sabe dónde, a ningún sitio útil. La gente de buen sentido no ve el destino de la flecha, para ellos la flecha se pierde en la nada. Pero el poeta no derrocha su vida. Él lanza su flecha con una enorme fe. "Adiós, adiós", le dice. Él sabe que allí donde caiga la flecha estará el blanco. Porque el infinito no puede medirse. No es que sea más grande o quede más lejos que todo lo conocido o imaginado. La eternidad no es más grande que algún tiempo. Cuando se apague el sol, cuando se apague la última estrella de la última galaxia, ¿seguirá existiendo la eternidad? La eternidad es cuando se detiene el tiempo. Se detiene el tiempo, dejan de suceder cosas; y bien, esa es la eternidad. El lector de mirada pura, aquel que se implica en el poema, sigue la trayectoria de la flecha hasta que cae y -entonces- descubre el blanco. Porque allí donde cae la flecha, allí está el blanco.


 
(Gentileza Aldo Luis Novelli)