domingo, 10 de febrero de 2013

RENÉ DAUMAL



POESÍA NEGRA Y POESÍA BLANCA

La poesía, como la magia, es negra o blanca, según sirva a lo subhumano o a lo sobrehumano.
La mismas disposiciones innatas ordenan la maquinaria del poeta blanco y del poeta negro. Algunos las consideran como un don misterioso o señal de las potencias superiores; otros, como una imperfección o maldición. No importa. ¡O, más bien, sí! Importaría mucho, pero aún no hemos llegado a ser capaces de comprender nuestras estructuras esenciales. Quien las comprendiese, se libraría de ellas. El poeta blanco busca comprender su naturaleza de poeta, de liberarse y poder servirse de ella. El poeta negro, al utilizarla, se esclaviza a ella.

¿Pero qué representa ese «don» que es común a todos los poetas? Es un vínculo particular entre las diversas vidas que componen nuestra vida, de manera tal que cada manifestación, de cada una de ellas, no es un signo exclusivo, sino que puede devenir, por una resonancia interior, en el signo de la emoción que representa, en un momento dado, el color o el sonido o el gusto de sí mismo. Esta emoción central, profundamente oculta en nosotros, no vibra ni brilla sino en raros instantes. Estos instantes serán, para el poeta, sus momentos poéticos, y todos sus pensamientos, sensaciones, gestos y palabras, en tal momento, serán signos de la emoción central. Y cuando la unidad de su significado llegue a materializarse por medio de una imagen afirmada en palabras, especialmente entonces diremos que es poeta. He aquí lo que denominamos como «don poético», a falta de un saber mayor.

El poeta posee una noción más o menos confusa acerca de su don. El poeta negro lo explota para su satisfacción personal. Cree que tiene el mérito de ese don, piensa que es él quien realiza voluntariamente los poemas. O bien, abandonándose a un mecanismo de significaciones resonantes, se jacta de estar poseído por un espíritu superior, que lo habría escogido como su intérprete. En ambos casos, el don poético se encuentra al servicio del orgullo y de la falsa imaginación. Combinador o inspirado, el poeta negro se miente a sí mismo y cree ser alguien. Orgullo, mentira, todavía un tercer término lo caracteriza: pereza. No porque no se agite ni se esfuerce, o lo parezca desde afuera. Pero toda esta agitación se realiza ella sola, él se guarda de intervenir, con su en sí mismo pobre y desnudo que no quiere ser visto ni verse pobre y desnudo, que cada uno de nosotros se esfuerza por ocultar bajo sus máscaras. Es el «don» que opera en él, que disfruta como un mirón y sin mostrarse, arropándose con él como el cangrejo ermitaño de vientre blando se abriga y proteje bajo su concha de múrice, hecha para producir púrpura real y no para revestir abortos vergonzosos. Pereza de verse, de dejarse ver, miedo a no tener otra riqueza que las responsabilidades que se asumen, es de esta pereza que yo hablo –¡oh, madre de todos mis vicios!

La poesía negra es tan grande en sus prestigios como el sueño o el opio. El poeta negro experimenta todos los placeres, se adorna con todos los ornamentos, ejerce todos los poderes –en su imaginación. El poeta blanco prefiere la realidad antes que las ricas mentiras, incluso aunque sea pobre. Su obra es una lucha incesante contra el orgullo, la imaginación y la pereza. Aceptando su don, aún cuando sufra por él y sufra de sufrir por él, trata de hacerlo servir a fines superiores a sus deseos egoístas, a la causa todavía desconocida de este don.

No diré: tal es un poeta blanco, tal otro un poeta negro. Sería rebajar las ideas a opiniones, discusiones y error. Incluso no diré: tal posee el don poético, tal otro no lo posee. ¿Lo poseo yo? A veces lo dudo, a veces creo estar seguro de ello. Jamás tengo la certeza definitiva. Cada vez el problema vuelve a plantearse. Cada vez que el alba renace, el misterio está allí, enteramente. Pero si he sido poeta, ciertamente he sido un poeta negro, y si mañana debo ser un poeta, deseo ser un poeta blanco. De hecho, toda poesía humana es el producto de la mezcla entre lo blanco y lo negro: pero una tiende hacia lo blanco, mientras la otra hacia lo negro.

Aquella que tiende hacia lo blanco, no requiere para ello de esfuerzo alguno. Sigue la pendiente natural y subhumana. No requiere de esfuerzo para jactarse, soñar, mentirse y holgazanear; ni para calcular y combinar, cuando cálculos y combinaciones están al servicio de la vanidad, la imaginación, la inercia. Pero la poesía blanca marcha contra la corriente, remonta la corriente como la trucha, para ir a engendrar en la fuente viva. Ella enfrenta, con su fuerza y su astucia, las extravagancias de los rápidos y los remolinos, no se deja distraer por el centelleo de las burbujas que pasan, ni arrastrar por la corriente hacia los suaves valles cenagosos.

¿Cómo encara esta lucha, el poeta que quiere llegar a ser un poeta blanco? Diré cómo yo trato de encararla en mis raros mejores momentos, a fin de que un día, si llego a ser poeta, de mi poesía, por gris que ella sea, emane al menos un deseo de blancura.
Distinguiré tres fases en la operación poética: la del germen luminoso, la de la vestidura de imágenes y la de la expresión verbal.

Todo poema nace de un germen, obscuro al comienzo, que es necesario volver luminoso para que produzca frutos de luz. En el poeta negro, el germen permanece obscuro y produce ciegas vegetaciones subterráneas. Para ayudarle a brillar es necesario hacer silencio, porque este germen es la Cosa-a-decir-en-sí-misma, la emoción central que a través de mi máquina busca expresarse. En sí misma la máquina es obscura, pero gusta proclamarse luminosa, y hasta llega a hacerlo creer. Puesta de inmediato en movimiento por el impulso del germen, pretende actuar por su propia cuenta, para exhibirse, y por el placer vicioso de cada una de sus palancas y sus engranajes. ¡Siencio, entonces, máquina! ¡Funciona y cállate! ¡Silencio a los juegos de palabras, a los recuerdos fortuitamente conjugados, silencio a la ambición, al deseo de brillar –porque sólo la luz brilla por sí misma–, silencio a la adulación de sí, a la piedad de sí, silencio al gallo que cree hacer despuntar el sol! Y el silencio aparta las tinieblas, comienza a dar luz, iluminando lo no iluminado. He aquí lo que habría que hacer. Es muy difícil, pero cada pequeño esfuerzo recibe en recompensa un pequeño destello de luz. La Cosa-por-decir se aparece entonces, en lo más íntimo de sí misma, como una certeza eterna –conocida, reconocida y a un mismo tiempo esperada–, un punto luminoso que contiene la inmensidad del deseo de ser.

La segunda fase, es la vestidura del germen luminoso –que revela pero no es revelado, invisible como la luz y silencioso como el sonido–, su investidura por las imágenes que lo manifestarán. Se hace allí necesario, pasando revista a las imágenes, rechazar y encadenar en su sitio aquellas que no quieran servir sino a la facilidad, la falsedad y el orgullo. ¡Y hay algunas tan bellas, que uno quisiera mostrar! Pero, una vez hecho el orden, es necesario dejar que sea el mismo germen quien escoja la planta o el animal de los que va a revestirse para otorgarles la vida.

Y sigue, en tercer lugar, la expresión verbal, donde cuentan no sólo el trabajo interior, sino también la ciencia y el savoir-faire exteriores. El germen posee su propia respiración. Su aliento se apodera de los mecanismos de expresión comunicándoles su cadencia. Hace falta, en principio, que esos mecanismos se encuentren bien aceitados y suficientemente descansados, para que no se pongan a bailar su danza ellos solos, a escandir metros incongruentes. Y, al mismo tiempo que recoje en su aliento los sonidos del lenguaje, la Cosa-por-decir los obliga también a contener sus imágenes. ¿Cómo realiza esta doble operación? He allí el misterio. No a partir de una combinación intelectual: le llevaría demasiado tiempo; tampoco instintivamente: el instinto no inventa. Este poder se ejerce por la relación particular que existe entre los elementos de la maquinaria del poeta, y que une, en una sola sustancia viviente, materias tan disímiles como la emoción, las imágenes, los conceptos y los sonidos. La vida de este nuevo organismo, constituye el ritmo del poeta.

El poeta negro hace prácticamente lo contrario, aunque en él se efectúe la exacta semblanza de estas operaciones. Su poesía le descubre numerosos mundos, ciertamente, pero se trata de mundos sin Sol, alumbrados por cien lunas fantásticas, poblados de fantasmas, adornados con espejismos y, a veces, empedrados de buenas intenciones. La poesía blanca abre la puerta de un único mundo, de un único Sol, sin atractivos, real.

He dicho lo que debería hacerse para llegar a ser un poeta blanco. ¡Falta todavía que yo llegue a serlo! Incluso en la prosa, la palabra y la escritura habituales –como en todos los aspectos de mi vida cotidiana– lo que produzco es gris, cháchara, mancha, mezcla de luz y de obscuridad. Entonces, después, vuelvo a emprender la lucha. Me vuelvo a leer. Entre mis frases encuentro palabras, expresiones, parásitos que no le sirven a la Cosa-por-decir; una imagen que ha querido ser extraña, un retruécano que se ha creído atrevido, pedanterías de un cierto patán que hubiera debido quedarse sentado en su escritorio en vez de venir a ejecutar su chirimía en mi cuarteto de cuerdas, y, cosa remarcable, al mismo tiempo falta de gusto, estilo e incluso de sintaxis. La misma lengua parece estar dispuesta a denunciarme a los intrusos. Pocas faltas son puramente técnicas. Casi todas son mis faltas. Y tacho, corrijo, con la alegría que puede experimentarse al cortase del cuerpo un trozo engangrenado.




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