lunes, 30 de septiembre de 2013

WILLIAM FAULKNER



DISCURSO DE ACEPTACIÓN DEL PREMIO NOBEL -1949-

"Creo que este honor no se confiere a mi persona sino a mi obra, la obra de toda una vida en la agonía y vicisitudes del espíritu humano, no por gloria ni en absoluto por lucro sino por crear de los elementos del espíritu humano algo que no existía. De manera que esta distinción es mía solo en calidad de depósito. No será difícil encontrar, para la parte monetaria que entraña, un destino acorde con los elevados propósitos de su origen.

Pero también me gustaría hacer lo mismo con el renombre, aprovechando este momento como pináculo desde el cual me escuchen los hombres y mujeres jóvenes que se dedican a la misma lucha y afanes entre los cuales ya hay uno que algún día se parará aquí donde yo estoy.

Nuestra tragedia actual es un temor general en todo el mundo, sufrido por tan largo tiempo que ya hemos aprendido a soportarlo. Ya no existen problemas del espíritu; sólo queda esta interrogante: ¿Cuándo estallaré? A causa de ella, el escritor o escritora joven de hoy ha olvidado los problemas de los sentimientos contradictorios del corazón humano, que por sí solos pueden ser tema de buena literatura, ya que únicamente sobre ellos vale la pena de escribir y justifican la agonía y los afanes.

Ese escritor joven debe compenetrarse nuevamente de ellos. Aprender que la máxima debilidad es sentirse temeroso; y después de aprenderlo olvidar ese temor para siempre, no dejar lugar en su arsenal de escritor sino para las antiguas verdades y realidades del corazón, las eternas verdades universales sin las cuales toda historia es efímera y predestinada al fracaso: amor y honor, piedad y orgullo, compasión y sacrificio.

Mientras no lo haga así continuará trabajando bajo una maldición. No escribirá de amor sino de sensualidad, de derrotas en que nadie pierde nada de valor, de victorias sin esperanzas y, lo peor de todo, sin piedad ni compasión. Sus penas no serán penas universales y no dejarán huella. No escribirá acerca del corazón sino de las glándulas.

Mientras no capte de nuevo estas cosas, continuará escribiendo como si estuviera entre los hombres sólo observando el fin de la Humanidad. Yo rehúso aceptar el fin de la Humanidad.

Es fácil decir que el hombre es inmortal porque perdurará; que cuando haya sonado la última clarinada de la destrucción y su eco se haya apagado entre las últimas rocas inservibles que deja la marea y que enrojecen los rayos del crepúsculo, aun entonces se escuchará otro sonido: el de su voz débil e inextinguible todavía hablando.

También me niego a aceptar esto.
Creo que el hombre no perdurará simplemente sino que prevalecerá. Creo que es inmortal no por ser la única criatura que tiene voz inextinguible sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de compasión, de sacrificio y de perseverancia.

El deber del poeta y del escritor es escribir sobre estos atributos. Ambos tienen el privilegio de ayudar al hombre a perseverar, exaltando su corazón, recordándole el ánimo y el honor, la esperanza y el orgullo, la compasión, la piedad y el sacrificio que han sido la gloria de su pasado.


La voz del poeta no debe relatar simplemente la historia del hombre, puede servirle de apoyo, ser una de las columnas que lo sostengan para perseverar y prevalecer."

martes, 25 de junio de 2013

JULIO CORTÁZAR




ALEGRÍA DEL CRONOPIO

Encuentro de un cronopio y un fama en la liquidación de la tienda La
Mondiale.
—Buenas tardes, fama. Tregua cátala espera.
—¿Cronopio cronopio?
—Cronopio cronopio.
—¿Hilo?
—Dos, pero uno azul.
El fama considera al cronopio. Nunca hablará hasta no saber que sus palabras son las que convienen, temeroso de que las esperanzas siempre alertas no se deslicen en el aire, esos microbios relucientes, y por una palabra equivocada invadan el corazón bondadoso del cronopio.
—Afuera llueve —dice el cronopio—. Todo el cielo.
—No te preocupes —dice fama—. Iremos en mi automóvil. Para
proteger los hilos.
Y mira el aire, pero no ve ninguna esperanza, y suspira satisfecho.
Además, le gusta observar la conmovedora alegría del cronopio, que sostiene contra su pecho los dos hilos —uno azul— y espera ansioso que el fama lo invite a subir a su automóvil.

. TRISTEZA DEL CRONOPIO

A la salida del Luna Park un cronopio advierte que su reloj atrasa, que su reloj atrasa, que su reloj. Tristeza del cronopio frente a una multitud de famas que monta Corrientes a las  once y veinte y él, objeto verde y húmedo, marcha a las once y cuarto. Meditación del cronopio: «Es tarde, pero menos tarde para mí que para los famas, para los famas es cinco minutos más tarde, llegarán a sus casas más tarde, se acostarán más tarde.
Yo tengo un reloj con menos vida, con menos casa y menos acostarme, yo soy un cronopio desdichado y húmedo.» Mientras toma café en el Richmond de Florida, moja él cronopio una tostada con sus lágrimas naturales.

EL CANTO DE LOS CRONOPIOS

Cuando los cronopios cantan sus canciones preferidas, se entusiasman de tal manera que con frecuencia  se dejan atropellar por camiones y ciclistas, se caen por la ventana, y pierden lo que llevaban en los bolsillos y hasta la cuenta de los días.
Cuando un cronopio canta, las esperanzas y los famas acuden a
escucharlo aunque no comprenden mucho su arrebato y en general se muestran algo escandalizados. En medio del corro el cronopio levanta sus bracitos como si sostuviera el sol, como si el cielo fuera una bandeja y el sol la cabeza del Bautista, de modo que la canción del cronopio es Salomé desnuda danzando para los famas  y las esperanzas que están ahí boquiabiertos y preguntándose si el señor cura, si las conveniencias. Pero como en el fondo son buenos (los famas son buenos y las esperanzas bobas), acaban aplaudiendo al cronopio, que se recobra sobresaltado, mira en torno y se pone también a aplaudir, pobrecito.

HISTORIA

Un cronopio pequeñito buscaba la llave de la puerta de calle en la mesa de luz, la mesa de luz en el dormitorio, el dormitorio en la casa, la casa en la calle. Aquí se detenía el cronopio, pues para salir a la calle precisaba la llave de la puerta.

EUGENESIA

Pasa que los cronopios no quieren tener hijos, porque lo primero que hace un cronopio recién nacido es insultar groseramente a su padre, en quien oscuramente ve la acumulación  de desdichas que un día serán las suyas.
Dadas estas razones, los cronopios acuden a los famas para que fecunden a sus mujeres, cosa que los famas están siempre dispuestos a hacer por tratarse de seres libidinosos. Creen además que en esta forma irán minando la superioridad-moral de  los cronopios, pero se equivocan torpemente pues los cronopios educan a sus hijos a su manera, y en pocas semanas les quitan toda semejanza con los famas.

TERAPIAS

Un cronopio se recibe de médico y  abre un consultorio en la calle
Santiago del Estero. En  seguida viene un enfermo  y le cuenta cómo hay cosas que le duelen y cómo de noche no duerme y de día no come.
—Compre un gran ramo de rosas —dice el cronopio.
El enfermo se retira sorprendido,  pero compra el  ramo y se cura
instantáneamente. Lleno de gratitud acude al cronopio, y además de pagarle le obsequia, fino testimonio, un hermoso ramo de rosas. Apenas se ha ido el cronopio cae enfermo, le duele por todos lados, de noche no duerme y de día no come.

SUS HISTORIAS NATURALES

FLOR Y CRONOPIO
Un cronopio encuentra una flor  solitaria en medio de los campos.
Primero la va a arrancar, pero piensa que es una crueldad inútil y se pone de rodillas a su lado y juega alegremente con la flor, a saber: le acaricia los pétalos, la sopla para que baile, zumba como una abeja, huele su perfume, y finalmente se acuesta debajo de la  flor y se duerme envuelto en una gran paz. La flor piensa:   «Es como una flor.»

FAMA Y EUCALIPTO
Un fama anda por el bosque y aunque no necesita leña mira codiciosamente los árboles. Los árboles tienen un miedo terrible porque conocen las costumbres de los famas y temen lo peor. En medio de todos está un eucalipto hermoso, y el fama al verlo da un grito de alegría y baila tregua y baila cátala en torno del perturbado eucalipto, diciendo así:
—Hojas antisépticas, invierno con salud, gran higiene.
Saca un hacha y golpea al  eucalipto en el estómago, sin importársele nada. El eucalipto gime, herido de muerte, y los otros árboles oyen que dice entre suspiros: —Pensar que este imbécil no tenía más que comprarse unas pastillas Váida.

TORTUGAS Y CRONOPIOS
Ahora pasa que las tortugas son grandes admiradoras de la velocidad, como es natural.
Las esperanzas lo saben, y no se preocupan.
Los famas lo saben, y se burlan.
Los cronopios lo saben, y cada vez que encuentran una tortuga, sacan la caja de tizas de colores y sobre la redonda pizarra de la tortuga dibujan una golondrina.

miércoles, 19 de junio de 2013

FELISBERTO HERNÁNDEZ




EL VESTIDO BLANCO

I
Yo estaba del lado de afuera del balcón. Del lado de adentro, estaban abiertas las dos hojas de la ventana y coincidían muy enfrente una de otra. Marisa estaba parada con la espalda casi tocando una de las hojas. Pero quedó poco en esta posición porque la llamaron de adentro. Al poco Marisa salía, no sentí el vacío de ella en la ventana. Al contrario. Sentí como que las hojas se habían estado mirando frente a frente y que ella había estado de más. Ella había interrumpido ese espacio simétrico llena de una cosa fija que resultaba de mirarse las dos hojas.


II

Al poco tiempo yo ya había descubierto lo más primordial y casi lo único en el sentido de las dos hojas: las posiciones, el placer de las posiciones determinadas y el dolor de violarlas. Las posiciones de placer eran solamente dos: cuando las hojas estaban enfrentadas simétricamente y se miraban fijo, y cuando estaban totalmente cerradas y estaban juntas. Si algunas veces Marisa echaba las hojas para atrás y pasaban el límite de enfrentarse, yo no podía dejar de tener los músculos en tensión. En ese momento creía contribuir con mi fuerza a que se cerraran lo suficiente hasta quedar en una de las posiciones de placer: una frente a la otra. De lo contrario me parecía que con el tiempo se les sumaría un odio silencioso y fijo del cual nuestra conciencia no sospechaba el resultado.


III

Los momentos más terribles y violadores de una de las posiciones de placer, ocurrían algunas noches al despedirnos.
Ella amagaba a cerrar las ventanas y nunca terminaba de cerrarlas. Ignoraba esa violenta necesidad física que tenían las ventanas de estar juntas ya, pronto, cuanto antes.
En el espacio oscuro que aún quedaba entre las hojas, calzaba justo la cabeza de Marisa. En la cara había una cosa inconsciente e ingenua que sonreía en la demora de despedirse. Y eso no sabía nada de esa otra cosa dura y amenazantemente imprecisa que había en la demora de cerrarse.


IV

Una noche estaba contentísimo porque entré a visitar a Marisa. Ella me invitó a ir al balcón. Pero tuvimos que pasar por el espacio entre esos lacayos de ventanas. Y no sabía qué pensar de esa insistente etiqueta escuálida. Parecía que pensarían algo antes de nosotros pasar y algo después de pasar. Pasamos. Al rato de estar conversando y que se me había distraído el asunto de las ventanas, sentí que me tocaban en la espalda muy despacito y como si me quisieran hipnotizar. Y al darme vuelta me encontré con las ventanas en la cara. Sentí que nos habían sepultado entre el balcón y ellas. Pensé en saltar el bacón y sacar a Marisa de allí.


V

Una mañana estaba contentísimo porque nos habíamos casado. Pero cuando Marisa fue a abrir un roperito de dos hojas sentí el mismo problema de las ventanas, de la abertura que sobraba. Una noche Marisa estaba fuera de la casa. Fui a sacar algo del roperito y en el momento de abrirlo me sentí horriblemente actor en el asunto de las hojas. Pero lo abrí. Sin querer me quedé quieto un rato. La cabeza también se me quedó quieta igual que las cosas que habían en el ropero, y que un vestido blanco de Marisa que parecía Marisa sin cabeza, ni brazos, ni piernas.

miércoles, 12 de junio de 2013

MICHEL FOUCAULT




EL ORDEN DEL DISCURSO

En el discurso que hoy debo pronunciar, y en todos aquellos que, quizás durante años, habré de pronunciar aquí, hubiera preferido poder deslizarme subrepticiamente. Más que tomar la palabra, hubiera preferido verme envuelto por ella y transportado más allá de todo posible inicio. Me hubiera gustado darme cuenta de que en el momento de ponerme a hablar ya me precedía una voz sin nombre desde hacía mucho tiempo: me habría bastado entonces con encadenar, proseguir la frase, introducirme sin ser advertido en sus intersticios, como si ella me hubiera hecho señas quedándose, un momento, interrumpida. No habría habido por tanto inicio; y en lugar de ser aquel de quien procede el discurso, yo sería más bien una  pequeña laguna en el azar de su desarrollo, el punto de su desaparición posible. 

Me habría gustado que hubiese detrás de mí (habiendo tomado desde hace tiempo la palabra, repitiendo de antemano todo cuanto voy a decir) una voz que hablase así: «Hay que continuar, no puedo continuar, hay que decir palabras mientras las haya, hay que decirlas hasta que me encuentren, hasta el momento en que me digan —extraña pena, extraña falta, hay que continuar, quizás está ya hecho, quizás ya me han dicho, quizás me han llevado hasta el umbral de mi historia, ante la puerta que se abre ante mi historia; me extrañaría si se abriera». 

Pienso que en mucha gente existe un deseo semejante de no tener que empezar, un deseo semejante de encontrarse, ya desde el comienzo del juego, al otro lado del discurso, sin haber tenido que considerar desde el exterior cuanto podía tener de singular, de temible, incluso quizás de maléfico. A este deseo tan común, la institución responde de una manera irónica, dado que devuelve los comienzos solemnes, los rodea de un círculo de atención y de silencio y les impone, como queriendo distinguirlos desde lejos, unas formas ritualizadas. 

El deseo dice: «No querría tener que entrar yo mismo en este orden azaroso del discurso; no querría tener relación con cuanto hay en él de tajante y decisivo; querría que me rodeara como una transparencia apacible, profunda, indefinidamente abierta, en la que otros responderían a mi espera, y de la que brotarían las verdades, una a una; yo no tendría más que dejarme arrastrar, en él y por él, como algo abandonado, flotante y dichoso». Y la institución responde: «No hay por qué tener miedo de empezar; todos estamos aquí para mostrarte que el discurso está en el orden de las leyes, que desde hace mucho tiempo se vela por su aparición; que se le ha preparado un lugar que le honra pero que le desarma, y que, si consigue algún poder, es de nosotros y únicamente de nosotros de quien lo obtiene». 

Pero quizás esta institución y este deseo no son otra cosa que dos réplicas opuestas a una misma inquietud: inquietud con respecto a lo que es el discurso en su realidad material de cosa pronunciada o escrita; inquietud con respecto a esta existencia transitoria destinada sin duda a desaparecer, pero según una duración que no nos pertenece, inquietud al sentir bajo esta actividad, no obstante cotidiana y gris; poderes y peligros difíciles de imaginar; inquietud al sospechar la existencia de luchas, victorias, heridas, dominaciones, servidumbres, a través de tantas palabras en las que el uso, desde hace tanto tiempo, ha reducido las asperezas. 
Pero, ¿qué hay de peligroso en el hecho de que las gentes hablen y de que sus discursos proliferen indefinidamente? ¿En dónde está por tanto el peligro?

miércoles, 5 de junio de 2013

JORGE LUIS BORGES II




CREDO DE POETA (fragmentos)

" Recuerden que los gnósticos decían que la única manera de librarse de un pecado era cometerlo, porque después uno se arrepentía. En lo que se refiere a la literatura, esencialmente tenían razón. Si he alcanzado la felicidad de escribir cuatro o cinco páginas tolerables después de escribir quince volúmenes intolerables, logré esa proeza no sólo a través de muchos años sino también gracias al método de la tentativa y el error. Creo que no he cometido todos los errores posibles porque los errores son innumerables, pero sí muchos de ellos. Por ejemplo, yo empecé, como la mayoría de los jóvenes, creyendo que el verso libre era más fácil que las formas sujetas a reglas. Hoy estoy casi seguro de que el verso libre es mucho más difícil que las formas medidas y clásicas. La prueba -si es necesaria- es que la literatura comienza con el verso. Supongo que la explicación podría ser que una vez que se desarrolla un modelo -un modelo de rimas, de asonancias, de aliteraciones, de sílabas largas y breves- sólo hay que repetirlo. Mientras que, si se ensaya la prosa (y la prosa, evidentemente, aparece después del verso), entonces se necesita, como señaló Stevenson, un modelo más sutil. Pues el oído, por inducción, espera algo, pero no llega a obtener lo que espera. Recibe otra cosa; y esa otra cosa puede ser, en cierto sentido, una decepción y también una satisfacción. Así que, a menos que tomen ustedes la precaución de ser Walt Whitman o Carl Sandburg, el verso libre es más difícil. Al menos, yo he llegado a saber, ahora que estoy cerca del final del viaje, que las formas poéticas clásicas son más fáciles. Otra ventaja, otra comodidad, puede radicar en el hecho de que, una vez que se escribe cierto verso, una vez que uno se conforma con cierto verso, ya se ha sometido a cierta rima. Y, dado que las rimas no son infinitas, el trabajo será más fácil.",

“Cuando escribo, no pienso en el lector (porque el lector es un personaje imaginario) ni pienso en mí (quizá porque yo también soy un personaje imaginario), sino que pienso en lo que quiero transmitir y hago cuanto puedo para no malograrlo. Cuando yo era joven creía en la expresión. Había leído a Croce, y la lectura de Croce no me hizo ningún bien. Yo quería expresarlo todo. Pensaba, por ejemplo, que, si necesitaba un atardecer, podía encontrar la palabra exacta para un atardecer; o, mejor, la metáfora más sorprendente. Ahora he llegado a la conclusión (y esta conclusión puede parecer triste) de que ya no creo en la expresión. Sólo creo en la alusión. Después de todo, ¿qué son las palabras? Las palabras son símbolos para recuerdos compartidos. Si yo uso una palabra, ustedes deben tener alguna experiencia de lo que representa esa palabra. Si no, la palabra no significará nada para ustedes. Pienso que sólo podemos aludir, sólo podemos intentar que el lector imagine. Al lector, si es lo bastante despierto, puede bastarle nuestra simple alusión.”

“Pienso que mi credo se reduce a esto. Cuando prometí un «credo de poeta» yo pensaba, demasiado crédulo, que, después de dar cinco conferencias, desarrollaría en el proceso alguna especie de credo. Pero entiendo que debo decirles que no tengo ningún credo en particular, excepto las pocas precauciones y dudas sobre las que les he venido hablando. Cuando escribo algo, procuro no comprenderlo. No creo que la inteligencia tenga demasiada relación con el trabajo del escritor. Pienso que uno de los pecados de la literatura moderna es que tiene demasiada conciencia de sí misma. Por ejemplo, considero ala literatura francesa una de las mayores literaturas del mundo (y supongo que nadie lo pone en duda). Pero me he visto obligado a pensar que los autores franceses son, por lo general, demasiado conscientes de sí mismos. Lo primero que hace un escritor francés es definirse a sí mismo, antes, incluso, de saber lo que va a escribir. Dice: ¿Qué escribiría, por ejemplo, un católico nacido en talo cual provincia, y socialista hasta cierto punto?. O: ¿Cómo deberíamos escribir después de la Segunda Guerra Mundial?. Supongo que hay mucha gente en el mundo que se agobia con estos problemas ilusorios.”

sábado, 25 de mayo de 2013

JOAQUÍN PASOS




CANTO DE GUERRA DE LAS COSAS

Cuando lleguéis a viejos, respetaréis la piedra,
si es que llegáis a viejos,
si es que entonces quedó alguna piedra.
Vuestros hijos amarán al viejo cobre, al hierro fiel.
Recibiréis a los antiguos metales en el seno de vuestras familias,
trataréis al noble plomo con la decencia que corresponde a su
carácter dulce;
os reconciliaréis con el zinc dándole un suave nombre;
con el bronce considerándolo como hermano del oro,
porque el oro no fue a la guerra por vosotros,
el oro se quedó, por vosotros, haciendo el papel de niño mimado,
vestido de terciopelo, arropado, protegido por el resentido acero...

Cuando lleguéis a viejos, respetaréis al oro,
si es que llegáis a viejos,
si es que entonces quedó algún oro.
El agua es la única eternidad de la sangre.
Su fuerza, hecha sangre. Su inquietud, hecha sangre.
Su violento anhelo de viento y cielo, hecho sangre.
Mañana dirán que la sangre se hizo polvo,
mañana estará seca la sangre.
Ni sudor, ni lágrimas, ni orina
podrán llenar el hueco del corazón vacío.
Mañana envidiarán la bomba hidráulica de un inodoro palpitante,
la constancia viva de un grifo, el grueso líquido.
El río se encargará de los riñones destrozados
y en medio del desierto los huesos en cruz pedirán en vano
que regrese el agua a los cuerpos de los hombres.

Dadme un motor más fuerte que un corazón de hombre.
Dadme un cerebro de máquina que pueda ser agujereado sin dolor.
Dadme por fuera un cuerpo de metal y por dentro otro
cuerpo de metal
igual al del soldado de plomo que no muere,
que no te pide, Señor, la gracia de no ser humillado por
tus obras,
como el soldado de carne blanducha, nuestro débil orgullo,
que por tu día ofrecerá la luz de sus ojos,
que por tu metal admitirá una bala en su pecho,
que por tu agua devolverá su sangre.
Y que quiere ser como un cuchillo, al que no puede herir
otro cuchillo.

Esta cal de mi sangre incorporada a mi vida
será la cal de mi tumba incorporada a mi muerte,
porque aquí está el futuro envuelto en papel de estaño,
aquí está la ración humana en forma de pequeños ataúdes,
y la ametralladora sigue ardiendo de deseos
y a través de los siglos sigue fiel el amor del cuchillo a la carne.
Y luego, decid si no ha sido abundante la cosecha de balas,
si los campos no están sembrados de bayonetas,
si no han reventado a su tiempo las granadas...
Decid si hay algún pozo, un hueco, un escondrijo
que no sea un fecundo nido de bombas robustas;
decid si este diluvio de fuego líquido
no es más hermoso y más terrible que el de Noé,
¡sin que haya un arca de acero que resista
ni un avión que regrese con la rama de olivo!

Vosotros, dominadores del cristal, he ahí vuestros vidrios fundidos.
Vuestras casas de porcelana, vuestros trenes de mica,
vuestras lágrimas envueltas en celofán, vuestros corazones
de bakelita,
vuestros risibles y hediondos pies de hule,
todo se funde y corre al llamado de guerra de las cosas,
como se funde y se escapa con rencor el acero que ha
sostenido una estatua.
Los marineros están un poco excitados. Algo les turba su viaje.
Se asoman a la borda y escudriñan el agua,
se asoman a la torre y escudriñan el aire.
Pero no hay nada.
No hay peces, ni olas, ni estrellas, ni pájaros.
Señor capitán, ¿a dónde vamos?
Lo sabremos más tarde.
Cuando hayamos llegado.
Los marineros quieren lanzar el ancla,
los marineros quieren saber qué pasa.
Pero no es nada. Están un poco excitados.
El agua del mar tiene un sabor más amargo,
el viento del mar es demasiado pesado.
Y no camina el barco. Se quedó quieto en medio del viaje.
Los marineros se preguntan ¿qué pasa? con las manos,
han perdido el habla.
No ha pasado nada. Están un poco excitados.
Nunca volverá a pasar nada. Nunca lanzarán el ancla.
No había que buscarla en las cartas del naipe ni en los juegos
de la cábala.
En todas las cartas estaba, hasta en las de amor y en las
de navegar.
Todas los signos llevaban su signo.
Izaba su bandera sin color, fantasmas de bandera para ser
pintada con colores de sangre de fantasma,
bandera que cuando flotaba al viento parecía que flotaba el
viento.

Iba y venía, iba en el venir, venía en el yendo, como que si
fuera viniendo.
Subía, y luego bajaba hasta en medio de la multitud y
besaba a cada hombre.
Acariciaba cada cosa con sus dedos suaves de sobadora
de marfil.
Cuando pasaba un tranvía, ella pasaba en el tranvía;
cuando pasaba una locomotora, ella iba sentada en la trompa.
Pasaba ante el vidrio de todas las vitrinas,
Sobre el río de todos los puentes,
por el cielo de todas las ventanas.
Era la misma vida que flota ciega en las calles como una
niebla borracha.
Estaba de pie junto a todas las paredes como un ejército de
mendigos, era un diluvio en el aire.

Era tenaz, y también dulce, como el tiempo.
Con la opaca voz de un destrozado amor sin remedio,
con el hueco de un corazón fugitivo,
con la sombra del cuerpo
con la sombra del alma, apenas sombra de vidrio,
con el espacio vacío de una mano sin dueño,
con los labios heridos
con los párpados sin sueño,
con el pedazo de pecho donde está sembrado el musgo del
resentimiento y el narciso,
con el hombro izquierdo
con el hombro que carga las flores y el vino,
con las uñas que aún están adentro y no han salido,
con el porvenir sin premio con el pasado sin castigo,
con el aliento,
con el silbido,
con el último bocado de tiempo, con el último sorbo de
líquido
con el último verso del último libro.
Y con lo que será ajeno. Y con lo que fue mío.

Somos la orquídea de acero,
florecimos en la trinchera como el moho sobre el filo de la espada,
somos una vegetación de sangre,
somos flores de carne que chorrean sangre,
somos la muerte recién podada
que florecerá muertes y más muertes hasta hacer un
inmenso jardín de muertes.
Como la enredadera púrpura de filosa raíz,
que corta el corazón y se siembra en la fangosa sangre
y sube y baja según su peligrosa marea.
Así hemos inundado el pecho de los vivos,
somos la selva que avanza.
Somos la tierra presente. Vegetal y podrida.
Pantano corrompido que burbujea mariposas y arco-iris.
Donde tu cáscara se levanta están nuestros huesos llorosos,
nuestro dolor brillante en carne viva,
oh santa y hedionda tierra nuestra,
humus humanos.
Desde mi gris sube mi ávida mirada,
mi ojo viejo y tardo, ya encanecido,
desde el fondo de un vértigo lamoso
sin negro y sin color completamente ciego.
Asciendo como topo hacia el aire
que huele mi vista,
el ojo de mi olfato, y el murciélago
todo hecho de sonido.

Aqui la piedra es piedra, pero ni el tacto sordo
puede imaginar si vamos o venimos,
pero venimos, sí, desde mi fondo espeso,
pero vamos, ya lo sentimos, en los dedos podridos
y en esta cruel mudez que quiere cantar.
Como un súbito amanecer que la sangre dibuja
irrumpe el violento deseo de sufrir,
y luego el llanto fluyendo como la uña de la carne
y el rabioso corazón ladrando en la puerta.
Y en la puerta un cubo que se palpa
y un camino verde bajo los pies hasta el pozo,
hasta más hondo aún, hasta el agua,
y en el agua una palabra samaritana
hasta más hondo aún, hasta el beso,
Del mar opaco que me empuja
llevo en mi sangre el hueco de su ola,
el hueco de su huida,
un precipicio de sal aposentada.
Si algo traigo para decir, dispensadme,
em el bello camino lo he olvidado.
Por un descuido me comí la espuma,
perdonadme, que vengo enamorado.
Detrás de ti quedan ahora cosas despreocupadas, dulces.
Pájaros muertos, árboles sin riego.
Una hiedra marchita. Un olor de recuerdo.
No hay nada exacto, no hay nada malo ni bueno,
y parece que la vida se ha marchado hacia el país del trueno.

Tú, que vista en un jarrón de flores el golpe de esta fuerza,
tú, la invitada al viento en fiesta.
tu, la dueña de una cotorra y un coche de ágiles ruedas, sobre
la verja
tú que miraste a un caballo del tiovivo
y quedar sobre la grama como esperando que lo montasen
los niños de la escuela,
asiste ahora, con ojos pálidos, a esta naturaleza muerta.
Los frutos no maduran en este aire dormido
sino lentamente, de tal suerte que parecen marchitos,
y hasta los insectos se equivocan en esta primavera
sonámbula, sin sentido.
La naturaleza tiene ausente a su marido.
No tienen ni fuerzas suficientes para morir las semillas del
cultivo
y su muerte se oye como el hilito de sangre que sale de
la boca del hombre herido.
Rosas solteronas, flores que parecen usadas en la fiesta del olvido,
débil olor de tumbas, de hierbas que mueren sobre mármoles
inscritos.

Ni un solo grito. Ni siquiera la voz de un pájaro o de un niño
o el ruido de un bravo asesino con su cuchillo.
¡Qué dieras hoy por tener manchado de sangre el vestido!
¡Qué dieras por encontrar habitado algún nido!
¡Qué dieras porque sembraran en tu carne un hijo!
Por fin, Señor de los Ejércitos, he aquí el dolor supremo.
He aquí, sin lástimas, sin subterfugios, sin versos,
el dolor verdadero.

Por fin, Señor, he aquí frente a nosotros el dolor parado en seco.
No es un dolor por los heridos ni por los muertos,
ni por la sangre derramada ni por la tierra llena de lamentos
ni por las ciudades vacías de casas ni por los campos llenos de
huérfanos.
Es el dolor entero.
No pueden haber lágrimas ni duelo
ni palabras ni recuerdos,
pues nada cabe ya dentro del pecho.
Todos los ruidos del mundo forman un gran silencio.
Todos los hombres del mundo forman un solo espectro.
En medio de este dolor, ¡soldado!, queda tu puesto
vacío o lleno.
Las vidas de los que quedan están con huecos,
tienen vacíos completos,
como si se hubieran sacado bocados de carne de sus cuerpos.

Asómate a este boquete, a éste que tengo en el pecho,
para ver cielos e infiernos.
Mira mi cabeza hendida por millares de agujeros:
a través brilla un sol blanco, a través un astro negro.
Toca mi mano, esta mano que ayer sostuvo un acero:
¡puedes pasar en el aire, a través de ella, tus dedos!
He aquí la ausencia del hombre, fuga de carne, de miedo,
días, cosas, almas, fuego.
Todo se quedó en el tiempo. Todo se quemó allá lejos.


miércoles, 15 de mayo de 2013

JUAN GELMAN




TEXTOS BREVES


III

Dios se fue al vacío que dejó su muerte. La sombra
traga los regresos y los favores del amor en cualquier
calle se abandonan. La vida se pareció a la vida
alguna vez/ya la mentira ni siquiera vuela. Hay que
barrer el mundo en sucio estado/otra vez ponen huevos
de serpiente/viejos.


IV

La carencia construye mundos habitados/fábulas
del encuentro/constancias del ardor. El deseo no
se quiere morir ante el cadáver del deseo. El yo se dirige
a un vos incomprensible/elude los días cortos/
lo que saca corazón del corazón. El fue de estar interrumpe
la noche/va al centro del párpado cerrado.
La experiencia no tiene conciencia/vaga en sus atributos
como un mendigo rico.

A José Angel Leyva


V

Prometeo nunca dijo cómo se roba el fuego/cómo
la muerte al muerto/cómo las manos a recibir su
nada. Los límites se ahogan en sus límites y nadie
les da un pañuelo para que lloren de una buena vez.


VI

El deseo es y para ser, no es. Somos lo que no somos
en sábanas oscuras. La llanura de la lengua tiene
caballos ciegos, galopan su dimensión qualunque
sin otra esperanza que la nada, el único lugar donde
la unión es posible.


XIII

Llegan los ruidos de la muerte cotidiana/México/
Irak/Pakistán/Afganistán/Yemen/Somalia. Me
miro sin explicaciones/soy el asesino y el asesinado.
Adiós, candor, los restos de la infancia están pálidos/
no hay qué darles de comer. La belleza de un pájaro
dormido me trae agonías y ruego al pájaro que
duerma. Sin árboles de hermosura corpórea, sin largos
días de mayo.


XIV

La cárcel de la feria no tiene puertas de diamante
ni candados de oro. La pena, el hambre, la guerra,
la infamia, la tristeza, hasta la misma muerte/se pasean
a dedos del jilguero que cae malherido. Te olvidaste
del odio, la resignación, la furia, Baltasar. Las
disciplinas de la humillación enfrían la vía pública
y no soplan vientos de salud, los contratos posibles
del encuentro entre los miedos del espíritu y los colores
de una garza. La dignidad canta músicas flacas/
párpados de arena/le clavan la fuente de la sangre. La
indignación olvida sus fulgores. Vida, qué te hacen,
vida, sola ahí, sin techo ni parábolas, en la evaporación
de cualquier sueño.

A Tomás Segovia


XX

¿Quién dijo que el tiempo petrifica las lágrimas?
Se esconderán por ahí, en las moradas del delirio.
Los huesos pura piel de un niño muerto de hambre
aumentan lodos del espanto. En el careo con la foto
nadie habla. La paridad de los extremos en estaciones
sórdidas crea proyectos de vacío y la desolación
finge ser una que no llora, se ladea el paisaje mental
sin reinvención posible.


XXII

El capitalismo se olvidó de la fiesta. No se sienta
frente al fuego para hablarle, tirarle odios, guerras,
maíz o chocolate, los nudos del pecado. Prohíbe los
caminos de la amargura al dulzor, las desapariciones
de la angustia, un sueño brusco entre dos lunas. No
cree en el deseo que ve su imperfección. Se ampara
en oro ajeno y trabaja eternidades que no existen.

A Paola


XXVIII

La compasión tiene lotes estériles, necesitan que
secuestro/tortura/asesinato/sean palabras sin materia,
distraídas/retrocedentes/no pegadas a dictadura
militar/a cuerpos vivos tirados al océano. Los inquilinos
del no oír/antes/después/mercadean ansias
oblicuas, desiertos negros, fugas. ¿Y qué hacer con
las palabras otras/salvajerías del capitalismo/niños
que mueren antes de su niño?/¿Sabés tu saber, niño?
preguntaba Benn. Soportar las estaciones crudas/
alumbran cuando pueden/dan animales vestidos de
civil como si fuera tanto.


XXX

El caudillo de las desapariciones premia al país
donde los balazos son éstos. El alma acude a su reunión
con los otros/los del bien/los del mal. El aguacate
le da verde a confesiones musicales/mienten cada
nota. Lo que se esconde en lo vedado es el derecho a
las batallas furiosas del gemido. El daño ajeno toca
al propio con sus chisporroteos de calvario. El tamaño
del dolor no cubre nada. Ahí se lo ve, cambiando
flores, vuelos, la mesa de la madre/los cubiertos de
cobre del Mar Negro. Lo que fue mide el deseo de la
noche y el deseo del día con un reloj que anda mal.


XXXI

El verano recoge restos de explicaciones y los
quema con candor. Víctimas y verdugos se juntan
en un rincón insoportable. En las perplejidades de
un planeta borrado por la hora cada momento es un
aujero con silbos de no acepto el mal/lengua atrapada
en filos de la puerta. Su pérdida es un soñar despierto.
Hay hojas de tabaco con humos del retraso,
espantapájaros de padre, reemplazos de la muerte
que la conocen mal.




XXXII

¿La naturaleza expulsa cualquier remedio de tu
pérdida? ¿Aplazo el acto de enterrarte, aunque llevé
lo que de vos quedaba junto al descanso de mis padres?
Tu sombra cuida mensajes sin reloj. La memoria
tiene pastos que siempre te comés y pañales que
no sé cambiar. El eslabón más duro te une al que te
visita y está cruz y fijado.


XXXVI

Se abren rostros feroces cuando el amor conoce
los instrumentos de su muerte. Rincones de la palabra
se desbaratan en incertidumbres, mares sin playa,
pisan la transparencia de un diamante. La razón
levanta fierros sin temblor, analfabeta de la dicha que
hubo. Un ave come el canto de una acacia y vuela
en contenidos fijos sin puerta ni salida. La furia
nace sola/recuerdan a dos jóvenes los tilos/sus paseos
en noches que volvían suaves/entre balazos de
la época. Pasean hoy mismo como sombras y no dicen
por qué.


LV

¿Cómo se relacionan el encubrimiento de la
muerte y la alternancia del adentro? ¿A dónde fue a
parar el vino que investigó salivas de la luna? La botella
está vacua en una cama gris. Algún pedazo de
la naturaleza cambia su maestría por traiciones que
no podrá reconocer. Vale la pena frecuentar los desamparos
que protegen el siendo. Dónde si no cantara
la crudeza de estar. Rocío seco en el pulso de un
niño dejó el vuelo.


LVI

La muerte no interpreta sus textos, no lee lo que
se va a llevar. Si alguna prisionera en Campo Mayo
recién nacida a madre con los ojos tapados que ni a
su hijo vio. Si un petirrojo que tenía deseos. Si un joven
que tocaba entrañas de la música. Si el que transforma
el tiempo en un qué es. Si la dolor de un hombre
que llora para adentro.


LXXI

El azar corta las entrañas de la corrupción, pasa
el Poder y cierra la heridaza. Laten adentro impotencias
del pobre, las letras de lo inefable huido, tratados
de la razón domada. Al lado de los derechos humanos
del pasado sangran sin abrigo los derechos humanos
del presente. La crueldad usa uñas buenas.
Los agujeros del país las pintan con esmalte rojo y las
instituciones felicitan de pie. Tiembla el jardín que
Amor regaba. De qué vale la vida que no se perdió
en sales del futuro. Cuida sus ruinas y sobrevive así.


LXXVI

Que repeluznen lo perdido, que el mercurio no
diga lo que sabe, vivat, vivat, que las sopas me traigan
a la madre de movimientos húmedos. En los colores
del espectro falta el que tuerce iras de la lucha.
El mundo gris en especulaciones grises y el pobre
mira astros que no entran en su casa. Los destellos
de Ruth dicen vete de vos a vos mismo y músicas de
la miseria brillan en cantos sin contorno. La pólvora
que huele el enemigo tiene jazmines sin perdón.

A Eduardo  Galeano


LXXXIX

Un árbol de la ciudad cantó en mi infancia. Sus
brotes jóvenes pensaron lo que no sé pensar. Entre
la mesa y la mirada nace el tiempo del frío, de la
bondad, del miedo, huellas, marcas, cupo el espanto
alguna vez. Alguien enjuga lágrimas que le crecieron
en la mano. La tarde recluta restos del mercado,
círculos sin denominación, exteriores de los viejos
combates, la vihuela borrosa del propósito para que
noche sea y su animal espléndido.

A Joaquín Sabina


XCIV

Sin saber hasta cuándo me despedí de vos. Volví
con agujeros donde callaban compases del exilio,
una música que no se deja recrear, un árbol del que
caen hojas que asustan a los pájaros. Vuelven a nubes
que me quedan. Tiros del pecho siguen jóvenes,
libres de su vergüenza, neblinas que llovieron.


XCV

En la mano que disparó al enemigo hay restos
de maldad. ¿Con qué bondad se mata a la injusticia?
El pájaro que come flores mancha actos del tiempo/
el mar no acepta amor que mal termina. El espíritu
económico es carne de esclavitud violenta. Viola
el paisaje que le fue rey de niño. Morirá sin honor
cuando Beowulf vuelva a blandir su espada contra
los fuegos venenosos/las primaveras malparidas/nadie
en la sala de los nombres.


XCIX

Las ruinas del refugio cultivan seres ciegos.
¿Qué reordena la memoria en su deseo? El azar desorganiza
símbolos y en una flor anclan restos de la
pasión más sola, la medianoche que los ve. Migra el
paisaje a su invisible, quieto en trabajos de la lengua.
El gemido murió y elige los recuerdos, la frente que
rompía muros para mirar arriba, mañanas sigilosas
de la lucha, las evaporaciones del temor. El futuro
retiene soga a soga al humilde milagro de la espera
que no visitan calendarios. Hilos de fierro cosen
lo que se acaba con lo que se acabó y en la ropa escriben
otra cosa.


CCLXXI

En las entrañas de la línea sueña una mujer.
Cruza saturaciones del escuche/accidentes de la procuración/
el calor de la cama. ¿A dónde van sus partes
hasta el amanecer? Qué importa si odia las traiciones
del día/rencores que se pudren/la carroña infame
que cantó Baudelaire. Oh, padre del después/el
pago ido/corazón que no quiso socorro. Ganó palabras
para que dijeran los partos de la muerte.


CCLXXVI

Oigo poemas que no se escribirán/su vuelo pasa
sobre la mano quieta/goce de su insatisfacción.
¿Cómo tocar los números que erizan/el pasado que
va a venir/repeticiones del deseo? Seca/airosa/la imposibilidad
deja rostros en un rincón perdido. Las dotaciones
del silencio muestran su envés en déjame ser
tuyo/que mía seas. El hueso tiene túnicas que perderá
sin verte/nadie te atrapa, corazona. Bienvenida a
la noche donde verdea tu nunca en ser.


CCLXXX

Hoy duele sin distracción posible, ni el pájaro
que consolaba lo consuela/ni lo que será fue/ni fuentes
del endecasílabo/ni premios de la ternura/ni el
mundo que se pudre/ni los balazos que no lo hirieron
de verdad/ni la polenta de la infancia/ni el miedo
a la vuelta de la esquina/ni cicatrices de rincón
oculto/ni llorar por lo no sido/las vueltas del paisaje
amado hoy en el corazón.


CCLXXXI

Me cavo para no encubrirte más con visiones de
tu abrigo largo. Un parpadeo dura mucho cuando se
aparta el ser de sí en vuelos sin rumor. Libre aún entre
muros de cemento y cal viva/arrojado a que nunca
fueras certidumbre.

A Marcelo


CCLXXXV

Lo que hay que decir no está dicho y flota en
marismas del estruendo mundial. Ahí mesmo, abajito,
donde un astro fabrica caballos del Parnaso, cavan
lágrimas, guerras, dolores que fueron y se hicieron
hermanos en los parajes del aujero. ¿A dónde va
el fracaso de las tripas dispuestas a morir que nadie
vio volar, ni dar lluvia, ni levantarse porque el invierno
terminó? Húndase la cabeza en tal pantano
para saber qué luz había, qué guitarras, qué música,
cómo el valor desperdiciado tocó un piano sin teclas,
la impostura de ganarle a la muerte. Beber dos tragos
de la novia, el miedo puro, fallos de la conciencia,
el extraño sabor de la ignorancia y enfrente Ella,
la que todo termina y se mece en un niño que canta.


A Boris/Pushkin In memoriam


(de su último libro “300 textos breves”)

Foto: Juan Gelman en el monumento a Pushkin, URSS, 1958
Gentileza de Nora Perusín