sábado, 25 de mayo de 2013

JOAQUÍN PASOS




CANTO DE GUERRA DE LAS COSAS

Cuando lleguéis a viejos, respetaréis la piedra,
si es que llegáis a viejos,
si es que entonces quedó alguna piedra.
Vuestros hijos amarán al viejo cobre, al hierro fiel.
Recibiréis a los antiguos metales en el seno de vuestras familias,
trataréis al noble plomo con la decencia que corresponde a su
carácter dulce;
os reconciliaréis con el zinc dándole un suave nombre;
con el bronce considerándolo como hermano del oro,
porque el oro no fue a la guerra por vosotros,
el oro se quedó, por vosotros, haciendo el papel de niño mimado,
vestido de terciopelo, arropado, protegido por el resentido acero...

Cuando lleguéis a viejos, respetaréis al oro,
si es que llegáis a viejos,
si es que entonces quedó algún oro.
El agua es la única eternidad de la sangre.
Su fuerza, hecha sangre. Su inquietud, hecha sangre.
Su violento anhelo de viento y cielo, hecho sangre.
Mañana dirán que la sangre se hizo polvo,
mañana estará seca la sangre.
Ni sudor, ni lágrimas, ni orina
podrán llenar el hueco del corazón vacío.
Mañana envidiarán la bomba hidráulica de un inodoro palpitante,
la constancia viva de un grifo, el grueso líquido.
El río se encargará de los riñones destrozados
y en medio del desierto los huesos en cruz pedirán en vano
que regrese el agua a los cuerpos de los hombres.

Dadme un motor más fuerte que un corazón de hombre.
Dadme un cerebro de máquina que pueda ser agujereado sin dolor.
Dadme por fuera un cuerpo de metal y por dentro otro
cuerpo de metal
igual al del soldado de plomo que no muere,
que no te pide, Señor, la gracia de no ser humillado por
tus obras,
como el soldado de carne blanducha, nuestro débil orgullo,
que por tu día ofrecerá la luz de sus ojos,
que por tu metal admitirá una bala en su pecho,
que por tu agua devolverá su sangre.
Y que quiere ser como un cuchillo, al que no puede herir
otro cuchillo.

Esta cal de mi sangre incorporada a mi vida
será la cal de mi tumba incorporada a mi muerte,
porque aquí está el futuro envuelto en papel de estaño,
aquí está la ración humana en forma de pequeños ataúdes,
y la ametralladora sigue ardiendo de deseos
y a través de los siglos sigue fiel el amor del cuchillo a la carne.
Y luego, decid si no ha sido abundante la cosecha de balas,
si los campos no están sembrados de bayonetas,
si no han reventado a su tiempo las granadas...
Decid si hay algún pozo, un hueco, un escondrijo
que no sea un fecundo nido de bombas robustas;
decid si este diluvio de fuego líquido
no es más hermoso y más terrible que el de Noé,
¡sin que haya un arca de acero que resista
ni un avión que regrese con la rama de olivo!

Vosotros, dominadores del cristal, he ahí vuestros vidrios fundidos.
Vuestras casas de porcelana, vuestros trenes de mica,
vuestras lágrimas envueltas en celofán, vuestros corazones
de bakelita,
vuestros risibles y hediondos pies de hule,
todo se funde y corre al llamado de guerra de las cosas,
como se funde y se escapa con rencor el acero que ha
sostenido una estatua.
Los marineros están un poco excitados. Algo les turba su viaje.
Se asoman a la borda y escudriñan el agua,
se asoman a la torre y escudriñan el aire.
Pero no hay nada.
No hay peces, ni olas, ni estrellas, ni pájaros.
Señor capitán, ¿a dónde vamos?
Lo sabremos más tarde.
Cuando hayamos llegado.
Los marineros quieren lanzar el ancla,
los marineros quieren saber qué pasa.
Pero no es nada. Están un poco excitados.
El agua del mar tiene un sabor más amargo,
el viento del mar es demasiado pesado.
Y no camina el barco. Se quedó quieto en medio del viaje.
Los marineros se preguntan ¿qué pasa? con las manos,
han perdido el habla.
No ha pasado nada. Están un poco excitados.
Nunca volverá a pasar nada. Nunca lanzarán el ancla.
No había que buscarla en las cartas del naipe ni en los juegos
de la cábala.
En todas las cartas estaba, hasta en las de amor y en las
de navegar.
Todas los signos llevaban su signo.
Izaba su bandera sin color, fantasmas de bandera para ser
pintada con colores de sangre de fantasma,
bandera que cuando flotaba al viento parecía que flotaba el
viento.

Iba y venía, iba en el venir, venía en el yendo, como que si
fuera viniendo.
Subía, y luego bajaba hasta en medio de la multitud y
besaba a cada hombre.
Acariciaba cada cosa con sus dedos suaves de sobadora
de marfil.
Cuando pasaba un tranvía, ella pasaba en el tranvía;
cuando pasaba una locomotora, ella iba sentada en la trompa.
Pasaba ante el vidrio de todas las vitrinas,
Sobre el río de todos los puentes,
por el cielo de todas las ventanas.
Era la misma vida que flota ciega en las calles como una
niebla borracha.
Estaba de pie junto a todas las paredes como un ejército de
mendigos, era un diluvio en el aire.

Era tenaz, y también dulce, como el tiempo.
Con la opaca voz de un destrozado amor sin remedio,
con el hueco de un corazón fugitivo,
con la sombra del cuerpo
con la sombra del alma, apenas sombra de vidrio,
con el espacio vacío de una mano sin dueño,
con los labios heridos
con los párpados sin sueño,
con el pedazo de pecho donde está sembrado el musgo del
resentimiento y el narciso,
con el hombro izquierdo
con el hombro que carga las flores y el vino,
con las uñas que aún están adentro y no han salido,
con el porvenir sin premio con el pasado sin castigo,
con el aliento,
con el silbido,
con el último bocado de tiempo, con el último sorbo de
líquido
con el último verso del último libro.
Y con lo que será ajeno. Y con lo que fue mío.

Somos la orquídea de acero,
florecimos en la trinchera como el moho sobre el filo de la espada,
somos una vegetación de sangre,
somos flores de carne que chorrean sangre,
somos la muerte recién podada
que florecerá muertes y más muertes hasta hacer un
inmenso jardín de muertes.
Como la enredadera púrpura de filosa raíz,
que corta el corazón y se siembra en la fangosa sangre
y sube y baja según su peligrosa marea.
Así hemos inundado el pecho de los vivos,
somos la selva que avanza.
Somos la tierra presente. Vegetal y podrida.
Pantano corrompido que burbujea mariposas y arco-iris.
Donde tu cáscara se levanta están nuestros huesos llorosos,
nuestro dolor brillante en carne viva,
oh santa y hedionda tierra nuestra,
humus humanos.
Desde mi gris sube mi ávida mirada,
mi ojo viejo y tardo, ya encanecido,
desde el fondo de un vértigo lamoso
sin negro y sin color completamente ciego.
Asciendo como topo hacia el aire
que huele mi vista,
el ojo de mi olfato, y el murciélago
todo hecho de sonido.

Aqui la piedra es piedra, pero ni el tacto sordo
puede imaginar si vamos o venimos,
pero venimos, sí, desde mi fondo espeso,
pero vamos, ya lo sentimos, en los dedos podridos
y en esta cruel mudez que quiere cantar.
Como un súbito amanecer que la sangre dibuja
irrumpe el violento deseo de sufrir,
y luego el llanto fluyendo como la uña de la carne
y el rabioso corazón ladrando en la puerta.
Y en la puerta un cubo que se palpa
y un camino verde bajo los pies hasta el pozo,
hasta más hondo aún, hasta el agua,
y en el agua una palabra samaritana
hasta más hondo aún, hasta el beso,
Del mar opaco que me empuja
llevo en mi sangre el hueco de su ola,
el hueco de su huida,
un precipicio de sal aposentada.
Si algo traigo para decir, dispensadme,
em el bello camino lo he olvidado.
Por un descuido me comí la espuma,
perdonadme, que vengo enamorado.
Detrás de ti quedan ahora cosas despreocupadas, dulces.
Pájaros muertos, árboles sin riego.
Una hiedra marchita. Un olor de recuerdo.
No hay nada exacto, no hay nada malo ni bueno,
y parece que la vida se ha marchado hacia el país del trueno.

Tú, que vista en un jarrón de flores el golpe de esta fuerza,
tú, la invitada al viento en fiesta.
tu, la dueña de una cotorra y un coche de ágiles ruedas, sobre
la verja
tú que miraste a un caballo del tiovivo
y quedar sobre la grama como esperando que lo montasen
los niños de la escuela,
asiste ahora, con ojos pálidos, a esta naturaleza muerta.
Los frutos no maduran en este aire dormido
sino lentamente, de tal suerte que parecen marchitos,
y hasta los insectos se equivocan en esta primavera
sonámbula, sin sentido.
La naturaleza tiene ausente a su marido.
No tienen ni fuerzas suficientes para morir las semillas del
cultivo
y su muerte se oye como el hilito de sangre que sale de
la boca del hombre herido.
Rosas solteronas, flores que parecen usadas en la fiesta del olvido,
débil olor de tumbas, de hierbas que mueren sobre mármoles
inscritos.

Ni un solo grito. Ni siquiera la voz de un pájaro o de un niño
o el ruido de un bravo asesino con su cuchillo.
¡Qué dieras hoy por tener manchado de sangre el vestido!
¡Qué dieras por encontrar habitado algún nido!
¡Qué dieras porque sembraran en tu carne un hijo!
Por fin, Señor de los Ejércitos, he aquí el dolor supremo.
He aquí, sin lástimas, sin subterfugios, sin versos,
el dolor verdadero.

Por fin, Señor, he aquí frente a nosotros el dolor parado en seco.
No es un dolor por los heridos ni por los muertos,
ni por la sangre derramada ni por la tierra llena de lamentos
ni por las ciudades vacías de casas ni por los campos llenos de
huérfanos.
Es el dolor entero.
No pueden haber lágrimas ni duelo
ni palabras ni recuerdos,
pues nada cabe ya dentro del pecho.
Todos los ruidos del mundo forman un gran silencio.
Todos los hombres del mundo forman un solo espectro.
En medio de este dolor, ¡soldado!, queda tu puesto
vacío o lleno.
Las vidas de los que quedan están con huecos,
tienen vacíos completos,
como si se hubieran sacado bocados de carne de sus cuerpos.

Asómate a este boquete, a éste que tengo en el pecho,
para ver cielos e infiernos.
Mira mi cabeza hendida por millares de agujeros:
a través brilla un sol blanco, a través un astro negro.
Toca mi mano, esta mano que ayer sostuvo un acero:
¡puedes pasar en el aire, a través de ella, tus dedos!
He aquí la ausencia del hombre, fuga de carne, de miedo,
días, cosas, almas, fuego.
Todo se quedó en el tiempo. Todo se quemó allá lejos.


miércoles, 15 de mayo de 2013

JUAN GELMAN




TEXTOS BREVES


III

Dios se fue al vacío que dejó su muerte. La sombra
traga los regresos y los favores del amor en cualquier
calle se abandonan. La vida se pareció a la vida
alguna vez/ya la mentira ni siquiera vuela. Hay que
barrer el mundo en sucio estado/otra vez ponen huevos
de serpiente/viejos.


IV

La carencia construye mundos habitados/fábulas
del encuentro/constancias del ardor. El deseo no
se quiere morir ante el cadáver del deseo. El yo se dirige
a un vos incomprensible/elude los días cortos/
lo que saca corazón del corazón. El fue de estar interrumpe
la noche/va al centro del párpado cerrado.
La experiencia no tiene conciencia/vaga en sus atributos
como un mendigo rico.

A José Angel Leyva


V

Prometeo nunca dijo cómo se roba el fuego/cómo
la muerte al muerto/cómo las manos a recibir su
nada. Los límites se ahogan en sus límites y nadie
les da un pañuelo para que lloren de una buena vez.


VI

El deseo es y para ser, no es. Somos lo que no somos
en sábanas oscuras. La llanura de la lengua tiene
caballos ciegos, galopan su dimensión qualunque
sin otra esperanza que la nada, el único lugar donde
la unión es posible.


XIII

Llegan los ruidos de la muerte cotidiana/México/
Irak/Pakistán/Afganistán/Yemen/Somalia. Me
miro sin explicaciones/soy el asesino y el asesinado.
Adiós, candor, los restos de la infancia están pálidos/
no hay qué darles de comer. La belleza de un pájaro
dormido me trae agonías y ruego al pájaro que
duerma. Sin árboles de hermosura corpórea, sin largos
días de mayo.


XIV

La cárcel de la feria no tiene puertas de diamante
ni candados de oro. La pena, el hambre, la guerra,
la infamia, la tristeza, hasta la misma muerte/se pasean
a dedos del jilguero que cae malherido. Te olvidaste
del odio, la resignación, la furia, Baltasar. Las
disciplinas de la humillación enfrían la vía pública
y no soplan vientos de salud, los contratos posibles
del encuentro entre los miedos del espíritu y los colores
de una garza. La dignidad canta músicas flacas/
párpados de arena/le clavan la fuente de la sangre. La
indignación olvida sus fulgores. Vida, qué te hacen,
vida, sola ahí, sin techo ni parábolas, en la evaporación
de cualquier sueño.

A Tomás Segovia


XX

¿Quién dijo que el tiempo petrifica las lágrimas?
Se esconderán por ahí, en las moradas del delirio.
Los huesos pura piel de un niño muerto de hambre
aumentan lodos del espanto. En el careo con la foto
nadie habla. La paridad de los extremos en estaciones
sórdidas crea proyectos de vacío y la desolación
finge ser una que no llora, se ladea el paisaje mental
sin reinvención posible.


XXII

El capitalismo se olvidó de la fiesta. No se sienta
frente al fuego para hablarle, tirarle odios, guerras,
maíz o chocolate, los nudos del pecado. Prohíbe los
caminos de la amargura al dulzor, las desapariciones
de la angustia, un sueño brusco entre dos lunas. No
cree en el deseo que ve su imperfección. Se ampara
en oro ajeno y trabaja eternidades que no existen.

A Paola


XXVIII

La compasión tiene lotes estériles, necesitan que
secuestro/tortura/asesinato/sean palabras sin materia,
distraídas/retrocedentes/no pegadas a dictadura
militar/a cuerpos vivos tirados al océano. Los inquilinos
del no oír/antes/después/mercadean ansias
oblicuas, desiertos negros, fugas. ¿Y qué hacer con
las palabras otras/salvajerías del capitalismo/niños
que mueren antes de su niño?/¿Sabés tu saber, niño?
preguntaba Benn. Soportar las estaciones crudas/
alumbran cuando pueden/dan animales vestidos de
civil como si fuera tanto.


XXX

El caudillo de las desapariciones premia al país
donde los balazos son éstos. El alma acude a su reunión
con los otros/los del bien/los del mal. El aguacate
le da verde a confesiones musicales/mienten cada
nota. Lo que se esconde en lo vedado es el derecho a
las batallas furiosas del gemido. El daño ajeno toca
al propio con sus chisporroteos de calvario. El tamaño
del dolor no cubre nada. Ahí se lo ve, cambiando
flores, vuelos, la mesa de la madre/los cubiertos de
cobre del Mar Negro. Lo que fue mide el deseo de la
noche y el deseo del día con un reloj que anda mal.


XXXI

El verano recoge restos de explicaciones y los
quema con candor. Víctimas y verdugos se juntan
en un rincón insoportable. En las perplejidades de
un planeta borrado por la hora cada momento es un
aujero con silbos de no acepto el mal/lengua atrapada
en filos de la puerta. Su pérdida es un soñar despierto.
Hay hojas de tabaco con humos del retraso,
espantapájaros de padre, reemplazos de la muerte
que la conocen mal.




XXXII

¿La naturaleza expulsa cualquier remedio de tu
pérdida? ¿Aplazo el acto de enterrarte, aunque llevé
lo que de vos quedaba junto al descanso de mis padres?
Tu sombra cuida mensajes sin reloj. La memoria
tiene pastos que siempre te comés y pañales que
no sé cambiar. El eslabón más duro te une al que te
visita y está cruz y fijado.


XXXVI

Se abren rostros feroces cuando el amor conoce
los instrumentos de su muerte. Rincones de la palabra
se desbaratan en incertidumbres, mares sin playa,
pisan la transparencia de un diamante. La razón
levanta fierros sin temblor, analfabeta de la dicha que
hubo. Un ave come el canto de una acacia y vuela
en contenidos fijos sin puerta ni salida. La furia
nace sola/recuerdan a dos jóvenes los tilos/sus paseos
en noches que volvían suaves/entre balazos de
la época. Pasean hoy mismo como sombras y no dicen
por qué.


LV

¿Cómo se relacionan el encubrimiento de la
muerte y la alternancia del adentro? ¿A dónde fue a
parar el vino que investigó salivas de la luna? La botella
está vacua en una cama gris. Algún pedazo de
la naturaleza cambia su maestría por traiciones que
no podrá reconocer. Vale la pena frecuentar los desamparos
que protegen el siendo. Dónde si no cantara
la crudeza de estar. Rocío seco en el pulso de un
niño dejó el vuelo.


LVI

La muerte no interpreta sus textos, no lee lo que
se va a llevar. Si alguna prisionera en Campo Mayo
recién nacida a madre con los ojos tapados que ni a
su hijo vio. Si un petirrojo que tenía deseos. Si un joven
que tocaba entrañas de la música. Si el que transforma
el tiempo en un qué es. Si la dolor de un hombre
que llora para adentro.


LXXI

El azar corta las entrañas de la corrupción, pasa
el Poder y cierra la heridaza. Laten adentro impotencias
del pobre, las letras de lo inefable huido, tratados
de la razón domada. Al lado de los derechos humanos
del pasado sangran sin abrigo los derechos humanos
del presente. La crueldad usa uñas buenas.
Los agujeros del país las pintan con esmalte rojo y las
instituciones felicitan de pie. Tiembla el jardín que
Amor regaba. De qué vale la vida que no se perdió
en sales del futuro. Cuida sus ruinas y sobrevive así.


LXXVI

Que repeluznen lo perdido, que el mercurio no
diga lo que sabe, vivat, vivat, que las sopas me traigan
a la madre de movimientos húmedos. En los colores
del espectro falta el que tuerce iras de la lucha.
El mundo gris en especulaciones grises y el pobre
mira astros que no entran en su casa. Los destellos
de Ruth dicen vete de vos a vos mismo y músicas de
la miseria brillan en cantos sin contorno. La pólvora
que huele el enemigo tiene jazmines sin perdón.

A Eduardo  Galeano


LXXXIX

Un árbol de la ciudad cantó en mi infancia. Sus
brotes jóvenes pensaron lo que no sé pensar. Entre
la mesa y la mirada nace el tiempo del frío, de la
bondad, del miedo, huellas, marcas, cupo el espanto
alguna vez. Alguien enjuga lágrimas que le crecieron
en la mano. La tarde recluta restos del mercado,
círculos sin denominación, exteriores de los viejos
combates, la vihuela borrosa del propósito para que
noche sea y su animal espléndido.

A Joaquín Sabina


XCIV

Sin saber hasta cuándo me despedí de vos. Volví
con agujeros donde callaban compases del exilio,
una música que no se deja recrear, un árbol del que
caen hojas que asustan a los pájaros. Vuelven a nubes
que me quedan. Tiros del pecho siguen jóvenes,
libres de su vergüenza, neblinas que llovieron.


XCV

En la mano que disparó al enemigo hay restos
de maldad. ¿Con qué bondad se mata a la injusticia?
El pájaro que come flores mancha actos del tiempo/
el mar no acepta amor que mal termina. El espíritu
económico es carne de esclavitud violenta. Viola
el paisaje que le fue rey de niño. Morirá sin honor
cuando Beowulf vuelva a blandir su espada contra
los fuegos venenosos/las primaveras malparidas/nadie
en la sala de los nombres.


XCIX

Las ruinas del refugio cultivan seres ciegos.
¿Qué reordena la memoria en su deseo? El azar desorganiza
símbolos y en una flor anclan restos de la
pasión más sola, la medianoche que los ve. Migra el
paisaje a su invisible, quieto en trabajos de la lengua.
El gemido murió y elige los recuerdos, la frente que
rompía muros para mirar arriba, mañanas sigilosas
de la lucha, las evaporaciones del temor. El futuro
retiene soga a soga al humilde milagro de la espera
que no visitan calendarios. Hilos de fierro cosen
lo que se acaba con lo que se acabó y en la ropa escriben
otra cosa.


CCLXXI

En las entrañas de la línea sueña una mujer.
Cruza saturaciones del escuche/accidentes de la procuración/
el calor de la cama. ¿A dónde van sus partes
hasta el amanecer? Qué importa si odia las traiciones
del día/rencores que se pudren/la carroña infame
que cantó Baudelaire. Oh, padre del después/el
pago ido/corazón que no quiso socorro. Ganó palabras
para que dijeran los partos de la muerte.


CCLXXVI

Oigo poemas que no se escribirán/su vuelo pasa
sobre la mano quieta/goce de su insatisfacción.
¿Cómo tocar los números que erizan/el pasado que
va a venir/repeticiones del deseo? Seca/airosa/la imposibilidad
deja rostros en un rincón perdido. Las dotaciones
del silencio muestran su envés en déjame ser
tuyo/que mía seas. El hueso tiene túnicas que perderá
sin verte/nadie te atrapa, corazona. Bienvenida a
la noche donde verdea tu nunca en ser.


CCLXXX

Hoy duele sin distracción posible, ni el pájaro
que consolaba lo consuela/ni lo que será fue/ni fuentes
del endecasílabo/ni premios de la ternura/ni el
mundo que se pudre/ni los balazos que no lo hirieron
de verdad/ni la polenta de la infancia/ni el miedo
a la vuelta de la esquina/ni cicatrices de rincón
oculto/ni llorar por lo no sido/las vueltas del paisaje
amado hoy en el corazón.


CCLXXXI

Me cavo para no encubrirte más con visiones de
tu abrigo largo. Un parpadeo dura mucho cuando se
aparta el ser de sí en vuelos sin rumor. Libre aún entre
muros de cemento y cal viva/arrojado a que nunca
fueras certidumbre.

A Marcelo


CCLXXXV

Lo que hay que decir no está dicho y flota en
marismas del estruendo mundial. Ahí mesmo, abajito,
donde un astro fabrica caballos del Parnaso, cavan
lágrimas, guerras, dolores que fueron y se hicieron
hermanos en los parajes del aujero. ¿A dónde va
el fracaso de las tripas dispuestas a morir que nadie
vio volar, ni dar lluvia, ni levantarse porque el invierno
terminó? Húndase la cabeza en tal pantano
para saber qué luz había, qué guitarras, qué música,
cómo el valor desperdiciado tocó un piano sin teclas,
la impostura de ganarle a la muerte. Beber dos tragos
de la novia, el miedo puro, fallos de la conciencia,
el extraño sabor de la ignorancia y enfrente Ella,
la que todo termina y se mece en un niño que canta.


A Boris/Pushkin In memoriam


(de su último libro “300 textos breves”)

Foto: Juan Gelman en el monumento a Pushkin, URSS, 1958
Gentileza de Nora Perusín

martes, 14 de mayo de 2013

ROLAND BARTHES IV




LA MUERTE DEL AUTOR

Balzac, en su novela Sarrasine, hablando de un castrado disfrazado de mujer, escribe lo siguiente: «Era la mujer, con sus miedos repentinos, sus caprichos irracionales, sus instintivas turbaciones, sus audacias sin causa, sus bravatas y su exquisita delicadeza de sentimientos.» ¿Quién está hablando así? ¿El héroe de la novela, interesado en ignorar al castrado que se esconde bajo la mujer? ¿El individuo Balzac, al que la experiencia personal ha provisto de una filosofía sobre la mujer? ¿El autor Balzac, haciendo profesión de ciertas ideas «literarias» sobre la feminidad? ¿La sabiduría universal? ¿La psicología romántica Nunca jamás será posible averiguarlo, por la sencilla razón de que la escritura es la destrucción de toda voz, de todo origen. La escritura es ese lugar neutro, compuesto, oblicuo, al que van a parar nuestro sujeto, el blanco-y-negro en donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que escribe.

Siempre ha sido así, sin duda: en cuanto un hecho pasa a ser relatado, con fines intransitivos y no con la finalidad de actuar directamente sobre lo real, es decir, en definitiva, sin más función que el propio ejercicio del símbolo, se produce esa ruptura, la voz pierde su origen, el autor entra en su propia muerte, comienza la escritura. No obstante, el sentimiento sobre este fenómeno ha sido variable; en las sociedades etnográficas, el relato jamás ha estado a cargo de una persona, sino de un mediador, chamán o recitador, del que se puede, en rigor, admirar la «performance» (es decir, el dominio del código narrativo), pero nunca el «genio”.

El autor es un personaje moderno, producido indudablemente por nuestra sociedad, en la medida en que ésta, al salir de la Edad Media y gracias al empirismo inglés, el racionalismo francés y la fe personal de la Reforma, descubre el prestigio del individuo o, dicho de manera más noble, de la «persona humana». Es lógico, por lo tanto, que en materia de literatura sea el positivismo, resumen y resultado de la ideología capitalista, el que haya concedido la máxima importancia a la «persona» del autor. Aún impera el autor en los manuales de historia literaria, las biografías de escritores, las entrevistas de revista, y hasta en la misma conciencia de los literatos, que tienen buen cuidado de reunir su persona con su obra gracias a su diario íntimo; la imagen de la literatura que es posible encontrar en la cultura común tiene su centro, tiránicamente, en el autor, su persona, su historia, sus gustos, sus pasiones; la crítica aún consiste, la mayor parte de las veces, en decir que la obra de Baudelaire es el fracaso de Baudelaire como hombre; la de Van Gogh, su locura; la de Tchaikovsky, su vicio: la explicación de la obra se busca siempre en el que la ha producido, como si, a través de la alegoría más o menos transparente de la acción, fuera, en definitiva, siempre, la voz de una sola y misma persona, el autor, la que estaría entregando sus «confidencias”.

Aunque todavía sea muy poderoso el imperio del Autor (la nueva  crítica lo único que ha hecho es consolidarlo), es obvio que algunos escritores hace ya algún tiempo que se han sentido tentados por su derrumbamiento. En Francia ha sido sin duda Mallarmé el primero en ver y prever en toda su amplitud la necesidad de sustituir por el propio lenguaje al que hasta entonces se suponía que era su propietario; para él, igual que para nosotros, es el lenguaje, y no el autor, el que habla; escribir consiste en alcanzar, a través de una previa  impersonalidad –que no se debería confundir en ningún momento con la objetividad castradora del novelista realista –ese punto en el cual sólo el lenguaje actúa, «per forma»,* y no “yo». toda la poética de Mallarmé consiste en suprimir al autor en beneficio de la escritura (lo cual, como se verá, es devolver su sitio al lector).

Valéry, completamente enmarañado en una psicología del Yo, edulcoró mucho la teoría de Mallarmé, pero, al remitir por amor al clasicismo, a las lecciones de la retórica, no dejó de someter al Autor a la duda y la irrisión, acentuó la naturaleza lingüística y como «azarosa» de su actividad, y reivindicó a lo largo de sus libros en prosa la condición esencialmente verbal de la literatura, frente a la cual cualquier recurso a la interioridad del escritor le parecía pura superstición. El mismo Proust, a pesar del carácter aparentemente psicológico de lo que se suele llamar sus análisis, se impuso claramente como tarea el emborronar inexorablemente, gracias a una extremada sutilización, la relación entre el escritor y sus personajes: al convertir al narrador no en el que ha visto y sentido, ni siquiera el que está escribiendo, sino en el que va a escribir (el joven de la novela pero, por cierto, ¿qué edad tiene y quién es ese joven’? –quiere escribir, pero no puede, y la novela acaba cuando por fin se hace posible la escritura),

Proust ha hecho entrega de su epopeya a la escritura moderna: realizando una inversión radical, en lugar de introducir su vida en su novela, como tan a menudo se ha dicho, hizo de su propia vida una obra cuyo modelo fue su propio libro, de tal modo que nos resultara evidente que no es Charlus el que imita a Montesquiou, sino que Montesquiou, en su realidad anecdótica, histórica, no es sino un fragmento secundario, derivado, de Charlus.

Por último, el Surrealismo, ya que seguimos con la prehistoria de la modernidad, indudablemente, no podía atribuir al lenguaje una posición soberana, en la medida en que el lenguaje es un sistema, y en que lo que este movimiento postulaba, románticamente, era una subversión directa de los códigos –ilusoria, por otra parte, ya que un código no puede ser destruido, tan sólo es posible «burlarlo» –pero al recomendar incesantemente que se frustraran bruscamente los sentidos esperados (el famoso «sobresalto» surrealista), al confiar a la mano la tarea de escribir lo más aprisa posible lo que la misma mente ignoraba (eso era la famosa escritura automática), al aceptar el principio y la experiencia de una escritura colectiva, el Surrealismo contribuyó a desacralizar la imagen del Autor.

Por último, fuera de la literatura en sí (a decir verdad, estas distinciones están quedándose caducas), la lingüística acaba de proporcionar a la destrucción del Autor un instrumento analítico precioso, al mostrar que la enunciación en su totalidad es un proceso vacío que funciona a la perfección sin que sea necesario rellenarlo con las personas de sus interlocutores: lingüísticamente, el autor nunca es nada más que el que escribe, del mismo modo que yo no es otra cosa sino el que dice yo: el lenguaje conoce un «sujeto», no una «persona», y ese sujeto, vacío excepto en la propia enunciación, que es la que lo define, es suficiente para conseguir que el lenguaje se «mantenga en pie», es decir, para llegar a agotarlo por completo.

El alejamiento del Autor (se podría hablar, siguiendo a Brecht, de un auténtico “distanciamiento», en el que el Autor se empequeñece como una estatuilla al fondo de la escena literaria) no es tan sólo un hecho histórico o un acto de escritura.’ transforma de cabo a rabo el texto moderno (o lo que viene a ser lo mismo –el texto, a partir de entonces, se produce y se lee de tal manera que el autor se ausenta de él a todos los niveles). Para empezar, el tiempo ya no es el mismo. Cuando se cree en el Autor, éste se concibe siempre como el pasado de su propio libro: el libro y el autor se sitúan por sí mismos  en una misma línea, distribuida en un antes y un después: se supone que el Autor es el que nutre al libro, es decir, que existe antes que él, que piensa, sufre y vive para él; mantiene con su obra la misma relación de antecedente que un padre respecto a su hijo. Por el contrario, el escritor moderno nace a la vez que su texto; no está provisto en absoluto de un ser que preceda o exceda su escritura, no es en absoluto el sujeto cuyo predicado sería el libro; no existe otro tiempo que el de la enunciación, y todo texto está escrito eternamente aquí y ahora.

Es que escribir ya no puede seguir designando una operación de registro, de constatación, de representación, de «pintura» (como decían los Clásicos), sino que más bien es lo que los lingüistas, siguiendo la filosofía oxfordiana, llaman un performativo, forma verbal extraña (que se da exclusivamente en primera persona y en presente) en la que la enunciación no tiene más contenido (más enunciado) que el acto por el cual ella misma se profiere: algo así como el Yo declaro de los reyes o el Yo canto de los más antiguos poetas; el moderno, después de enterrar al Autor, no puede ya creer, según la patética visión de sus predecesores, que su mano es demasiado lenta para su pensamiento o su pasión, y que, en consecuencia, convirtiendo la necesidad en ley, debe acentuar ese retraso y «trabajar» indefinidamente la forma; para él, por el contrario, la mano, alejada de toda voz, arrastrada por un mero gesto de inscripción (y no de expresión), traza un campo sin origen, o que, al menos, no tiene más origen que el mismo lenguaje, es decir, exactamente eso que no cesa de poner en cuestión todos los orígenes.

Hoy en día sabemos que un texto no está constituido por una fila de palabras, de las que se desprende un único sentido, teológico, en cierto modo (pues sería el mensaje del Autor-Dios), sino por un espacio de múltiples dimensiones en el que se concuerdan y se contrastan diversas escrituras, ninguna de las cuales es la original: el texto es un tejido de citas provenientes de los mil focos de la cultura. Semejante a Bouvard y Pécuchet, eternos copistas, sublimes y cómicos a la vez, cuya profunda ridiculez designa precisamente la verdad de la escritura, el escritor se limita a imitar un gesto siempre anterior, nunca original; el único poder que tiene es el de mezclar las escrituras, llevar la contraria a unas con otras, de manera que nunca se pueda uno apoyar en una de ellas; aunque quiera expresarse, al menos debería saber que la «cosa» interior que tiene la intención de «traducir» no es en sí misma más que un diccionario ya compuesto, en el que las palabras no pueden explicarse sino a través de otras palabras, y así indefinidamente: aventura que le sucedió de manera ejemplar a Thomas de Quince y de joven, que iba tan bien en griego que para traducir a esa lengua ideas e imágenes absolutamente modernas, según nos cuenta Baudelaire, «había creado para sí mismo un diccionario siempre a punto, y de muy distinta complejidad y extensión del que resulta de la vulgar paciencia de los temas puramente literarios» (Los Paraísos Artificiales); como sucesor del Autor, el escritor ya no tiene pasiones, humores, sentimientos, impresiones, sino ese inmenso diccionario del que extrae una escritura que no puede pararse jamás: la vida nunca hace otra cosa que imitar al libro, y ese libro mismo no es más que un tejido de signos, una imitación perdida, que retrocede infinitamente.

Una vez alejado el Autor, se vuelve inútil la pretensión de «descifrar» un texto. Darle a un texto un Autor es imponerle un seguro, proveerlo de un significado último, cerrar la  escritura. Esta concepción le viene muy bien a la crítica, que entonces pretende dedicarse a la importante tarea de descubrir al Autor (o a sus hipóstasis: la sociedad, la historia, la psique, la libertad) bajo la obra: una vez hallado el Autor, el texto se «explica», el crítico ha alcanzado la victoria; así pues, no hay nada asombroso en el hecho de que, históricamente, el imperio del Autor haya sido también el del Crítico, ni tampoco en el hecho de que la crítica (por nueva que sea) caiga desmantelada a la vez que el Autor.

En la escritura múltiple, efectivamente, todo está por desenredar, pero nada por descifrar; puede seguirse la estructura, se la puede reseguir (como un punto de media que se corre) en todos sus nudos y todos sus niveles, pero no hay un fondo; el espacio de la escritura ha de recorrerse, no puede atravesarse; la escritura instaura sentido sin cesar, pero siempre acaba por evaporarlo: procede a una exención sistemática del sentido. Por eso mismo, la literatura (sería mejor decir la escritura, de ahora en adelante), al rehusar la asignación al texto (y al mundo como texto) de un «secreto», es decir, un sentido último, se entrega a una actividad que se podría llamar contra teológica, revolucionaria en sentido propio, pues rehusar la detención del sentido, es, en definitiva, rechazar a Dios y a sus hipóstasis, la razón, la ciencia, la ley.

Volvamos a la frase de Balzac. Nadie (es decir, ninguna «persona») la está diciendo: su fuente, su voz, no es el auténtico lugar de la escritura, sino la lectura. Otro ejemplo, muy preciso, puede ayudar a comprenderlo: recientes investigaciones (J.-P. Vernant) han sacado a la luz la naturaleza constitutivamente ambigua de la tragedia griega; en ésta, el texto está tejido con palabras de doble sentido, que cada individuo comprende de manera unilateral (precisamente este perpetuo malentendido constituye lo «trágico»); no obstante, existe alguien que entiende cada una de las palabras en su duplicidad, y además entiende, por decirlo así, incluso la sordera de los personajes que están hablando ante él: ese alguien es, precisamente, el lector (en este caso el oyente). De esta manera se desvela el sentido total de la escritura: un texto está formado por escrituras múltiples, procedentes de varias culturas y que, unas con otras, establecen un diálogo, una parodia, una contestación; pero existe un lugar en el que se recoge toda esa multiplicidad, y ese lugar no es el autor, como hasta hoy se ha dicho, sino el lector: el lector es el espacio mismo en que se inscriben, sin que se pierda ni una, todas las citas que constituyen una escritura; la unidad del texto no está en su origen, sino en su destino, pero este destino ya no puede seguir siendo personal: el lector es un hombre sin historia, sin biografía, sin psicología; é! es tan sólo ese alguien que mantiene reunidas en un mismo campo todas las huellas que constituyen el escrito. Y ésta es la razón por la cual nos resulta risible oír cómo se condena la nueva escritura en nombre de un humanismo que se erige, hipócritamente, en campeón de los derechos del lector.

La crítica clásica no se ha ocupado nunca del lector; para ella no hay en la literatura otro hombre que el que la escribe. Hoy en día estamos empezando a no caer en la trampa de esa especie de antífrasis gracias a la que la buena sociedad recrimina soberbiamente en favor de lo que precisamente ella misma está apartando, ignorando, sofocando o destruyendo; sabemos que para devolverle su porvenir a la escritura hay que darle la vuelta al mito: el nacimiento del lector se paga con la muerte del Autor.

ROLAND BARTHES III




EL SUSURRO DEL LENGUAJE (fragmento) 
“Por último, hay una tercera aventura de la lectura (llamo aventura a la manera en que el placer se acerca al lector): ésta es, si así puede llamársela, la de la Escritura; la lectura es buena conductora del Deseo de escribir (hoy ya tenemos la seguridad de que existe un placer de la escritura, aunque aún nos resulte muy enigmático); no es en absoluto que queramos escribir forzosamente como el autor cuya lectura nos complace; lo que deseamos es tan solo el deseo de escribir que el escritor ha tenido, es más: deseamos el deseo que el autor ha tenido del lector mientras escribía, deseamos ese ámame que reside en toda escritura. (...) Desde esta perspectiva, la lectura resulta ser verdaderamente una producción: ya no de imágenes interiores, de proyecciones, de fantasmas, sino, literalmente, de trabajo: el producto (consumido) se convierte en producción, en promesa, en deseo de producción, y la cadena de los deseos comienza a desencadenarse, hasta que cada lectura vale por la escritura que engendra, y así hasta el infinito. Este placer de la producción ¿es elitista, está reservado tan sólo para los escritores virtuales? Todo, en nuestra sociedad, sociedad de consumo, y no de producción, sociedad de leer, del ver y del oír, y no sociedad del escribir, del mirar y del escuchar, todo está preparado para bloquear la respuesta: los aficionados a la escritura son seres dispersos, clandestinos, aplastados por mil presiones.
Se plantea ahí un problema de civilización: pero, por lo que a mí respecta, mi convicción profunda y constante es que jamás será posible liberar la lectura si, de un golpe, no liberamos también la escritura. "


(gentileza de Irene González Rebolledo)